martes, 15 de junio de 2010

Lluvia de verano

Los colegios abandonados
se tiñen grises
bajo un cielo espeso y amorfo.
Nubes y paredes, con el viento en contra,
se otorgan personalidad,
fundiéndose en un ruido de gotas,
de choques fríos de verano,
que saltan en su recreo,
obligados por la voluntad de poder
caer, bailar y jugar,
sobre un patio de ríos secos,
con heridas de lluvia,
sin la euforia de otros tiempos.

Cuando el tiempo existía
y la vida eran risas jóvenes,
gritos y juegos inocentes.
Cuando se paraban las horas
y los minutos se contaban en dichas
y nadie temía a los días.
Cuando se tomaban de la mano
las consciencias sedientas
de letras y normas -principios del ser-.
Cuando eramos niños con suerte
en un mundo azaroso,
que nos regaló la alegría
que le arrebató a otros.

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