viernes, 27 de agosto de 2010

Drogas y versos

Piel sabor a mar, a enorme desolación;
pelo como colas de quetzal; casi sagrado.
Humo dulce,
como la sensación de la aceptación
entre desconocidos e  iguales,
 sin la negativa a consolidar
los cimientos de la risa
con una lluvia de tragos
de cervezas y tequila.
El frío se va,
se aleja entre los dedos de metal
y mi espalda salada; en este mar desolado
que es mi templo, mi figura.
 
Ya no se por qué lo intento,
pero aún sudo versos,
como un obseso.
Será el asco pegajoso
de una envidia sana y patológica;
será esta, acaso, la única forma
de huir de la propia saliva.
Esta silla acabará robándome la piel;
la mesa la tinta; y todo el papel arderá
hasta no ser más que polvo negro;
arderá como arde el mundo 
entre la avaricia, la codicia y el conformismo;
arderá como ardo yo, entre suspiros
de ignorancia y preguntas eternas.
Preguntas de miedo sin miedo;
de éxtasis sin placer; de horas sin días;
de montañas, cruces  y símbolos perdidos
entre versos ilusos, a los que yo sólo aspiro.
¿Por qué?

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