miércoles, 29 de septiembre de 2010

A ti

Eres el humo que trae sosiego a mis lunas;
la inspiración que me vierte sus vicios;
las exhalaciones
que son un paso más hacia un inmenso abismo
de adicciones,
donde en cada inhalación surgen, se concentran,
se hunden, meditan, fornican y mueren,
las perversas musas que acuden cuando imploras
ser instrumento de cambios;
efigie del tiempo; consolidador de la luz de la materia;
acechador y cautivador de espíritus.

Cosechas mi sumisión;
descargas el cáncer fulminante de tu sombra
por mis vísceras y mi carne; ansías mi esclavitud,.
mi entrega.
Cada vez que fecundas mi alma y engendramos versos.

martes, 28 de septiembre de 2010

Tragos

Hoy bajaré hasta el infierno,
donde el elixir de la noche espera,
entre burbujas punzantes,
 el sudor de unos dedos asustadizos
y el roce de unos labios inseguros 
e ignorantes, dispuestos a hundirse.

Por mi lengua resbalarán
gotas y gotas de magia asesina,
y me harán tragar el polvo
levantado en cada paso que di,
hasta ser sed.

Sed de frío y sed de carne.
Sed de tactos, de sal y de espuma.
Sed de vida y de reposo.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Ciudad

La ciudad arde
 envuelta en llamas 
  de avaricia y egoísmo.

La ciudad grita
  en su encarcelamiento, 
entre sombras mal dibujadas.

La ciudad se deshace
en miles de universos
que se contemplan precavidamente.

La ciudad vuela
y marchita las huellas 
de los pasos sigilosos.

La ciudad es música
vertida 
por los ausentes que la habitan.

La ciudad juega
a nublarse; gira
y sus nubes-entes descansan sobre ella.

La ciudad anhelaba 
cambios mientras dormía 
entre montañas de barro.

La ciudad es un eco
de palabras que nadie recuerda
y todos conocen.

La ciudad no es la paz;
la paz no es la quietud;
la quietud es un puente; 
los puentes de la ciudad
ahora son escombros,
arrastrados por los ríos 
que huyen del renacer.

La ciudad y la gloria duraron un atardecer.

Bajo la misma luna




No se trata solo de escribir. Cualquiera dedicando el tiempo y los esfuerzos necesarios, es capaz de hacerlo; y eso es algo que está demostrado.
Todos conocemos el desmesurado volumen de autores y obras en el mercado. Aceptemos el mérito retribuido con el beneficio de una lectura, o al menos con el interés y la investigación sobre ellos y sus obras, que se convierten en temas que solo esperan ser descubiertos, debatidos, analizados, comentados, criticados, valorados y tal vez comprendidos, o aceptados.
El rechazo ya es parte de nosotros desde el momento en que por primera vez deslizamos una pluma o un bolígrafo sobre el papel; otros usarían teclados y tinta impresa a máquina (pienso en Burroughs y su obsesión con la Clark Nova). Veo ahora la difusión digital de la palabra, un desbordante poder para aprender, enseñar, compartir y esperar fumando hachís o bebiendo cerveza a que alguien te descubra.
Me han acusado de nihilista y quizá lo soy. Desde todas las perspectivas podemos llegar a los mismos dilemas; con conclusiones distintas los optimistas pienso que ven su realidad a través de un velo de Maya energizador y reconfortante, con la esperanza contaminando al ser, a la quintaesencia del yo. Ese yo tantas veces nombrado, condenado, absuelto, discutido, alabado, enterrado, resucitado, olvidado y del que aún en el oscuro fondo de lo que creemos ser, donde creemos que pensamos, tenemos y sufrimos, la convicción reprimida de que  no existe.
Somos la unión de incontables partículas. Somos estímulos eléctricos regulados y evolucionados. Somos minerales, músculos, huesos, tendones, hígados e intestinos. Somos vísceras y esqueleto. Somos la ferviente duda de si lo que te dice qué eres, tu cuerpo o tu mente, eres tú y nadie o nada más. Somos los eternos manipuladores; los peores libertadores y unos patéticos aprendices. Somos la más sana enfermedad; la destrucción elevada a la santificación. Somos el hambre y la comida caducada. Somos la tierra robada, la educación sodomizada y la inocencia rota. Somos lo que nadie más quiso ser. Somos lo que miran quienes no ven. Somos el  humo que inspira y la tinta sin sentido. Somos la historia, el tiempo, las lineas, el mundo, el miedo. Somos las palabras infinitamente repetidas desde que somos voz, lógica,  riqueza, consciencia, vicio y más retórica que realidad. Somos los sentidos resentidos con los sentimientos, o al revés. Somos la dislexia, la venganza y la luz. Somos música disonante. Somos monos borrachos de lujuria. Somos el silencio y un punto y seguido. Somos un nuevo comienzo y el argumento acertado en la previsibilidad. Cansamos y salvamos, como la más grande fe. Damos la sed del crecimiento de lo especial, la aniquilación del patológico miedo al fin.

Quetzal

Desde aquí nunca han podido verse las estrellas.
Frente a mí se posa el fantástico verde de los vuelos.
-Yo sufrí- me canta, y reconozco su pecho y sus alas.
-Me perdí- un silbido estridente, y sus plumas estallan.

Otra vez el revoloteo anudado entre mil ramas.

-Entre Dioses viví,
contemplé el exterminio
del consuelo.
Grité y caí
buscaba saciarme,
pero la venganza es gris.
Lo que no arde  incendia.
La eternidad oí,
y nunca la podré explicar-.

Canta por no reír y me mira con desden desde el trono.
Es el aire salvaje de los recuerdos lo que  mantiene alzado
a este pulcro cantarín, que lleva en su cola un linaje esperanzado.
-¿Es la vida la raíz de la corrupción, y un sacrificio de sentimientos?-

jueves, 23 de septiembre de 2010

Un ejemplo

Un ser patético destila agua por su sombra;
arrastra eslabones de ceniza y tristeza;
pena en una sinfonía de alaridos sofocados.

Parará cuando se cubra de desechos;
lavará sus lágrimas; cambiará su obsesión;
se harán de tinta su amor y su fantasía.

Todo se irá por las cañerías de su juicio
hasta perderse en lo absurdo, como él,
cuando mira y anda, pisando lo que siente.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Leer

Todo el miedo que sentía o que había sentido hasta entonces, se estaba transformando, esparciéndose  en pedazos para ser pisado. La ira reemplazaba a la ambigüedad de sus lágrimas.
Tristezas, alegrías, penas ¿qué eran ahora?. Todo parecía disolverse en un viento de resentimientos, enfocados hacia una sociedad en masa de la que había estado apartado tantos años. Su vida, ¿qué era ahora?. La realidad, la cordura, el amor, la pasión, todo se revolvía entre letras impresas, todo era fantasía. No era capaz de sentir lo que se proponía. ¿Y cómo estar seguro de que lo conseguiría una vez estando fuera de su apatía personal?
Leía sobre los esfuerzos de unos personajes, malabaristas de sentimientos, que iban y venían por un mundo en el que todo parecía ajeno a ellos. Un mundo demasiado racional, y razonado para ellos, que los aplastaba con su lógica binaria de sies y noes. Mientras él y sus agonías metafísicas se perdían en los quizá.
En los libros, los cuerdos, ricos y pobres, sobreviven entre culturas mezcladas con acentos perdidos y nostalgias ahogadas con nuevas costumbres y la cercanía de los que nunca se van y se quedan para apagarse entre obligaciones. Los locos, a pesar de angustiarse por la presión de unas tradiciones que nunca han sido las suyas y que lo dominan todo, tardan en asumirlo, pero el mundo gira a su alrededor. Su locura es la puerta a un universo que se aleja de los curiosos y de los rituales de comodidad y apariencia a los que obligan los deberes, las ataduras. Ellos son libres. Vagan cuando han despertado. Aprenden, aman y olvidan. Vuelan por encima de placeres ínfimos como el carnal. Para ellos la sociedad se evapora y todo es normalidad, con sus razonamientos,  su historia,  sus alucinaciones enteógenas y los suspiros por un amor que llega y no es lo que se esperaba.
Él piensa en todo lo que se había identificado con esos personajes; esa forma de aprender de la soledad, del miedo, del asco, de la rutina y de la falsa educación. Todo enseñaba a ser más fuerte, a poder volar y controlar este mundo que se pierde y se apaga en la oscuridad de sus mitos; donde se alaban nuevos dioses; los más poderosos, los que son adorados sin saberlo, los que existen sin saberlo. Y a nadie le importa cómo luchar contra un dios. ¿Cómo vencerle más allá de las palabras, los gritos y de vez en cuando unos acordes?

Empezar porque si...



martes, 14 de septiembre de 2010

Encerrado

Deambulando entre cuatro paredes.
Limitado a evocar lo que una vez fue mío.
Recordarlo se ha vuelto una tortura.
Pensar en valles que brillan
y montañas que bailan;
tocar y lamer corazones de polvo;
caminar entre edificios, cárceles del amor.
Observar a las aves que se desploman
directas hacia las fauces de las bestias
carnívoras que miran hacia un cielo
de colores imprecisos, de soles cambiantes
y nubes nostálgicas.
La savia, la lluvia, la saliva, el mar,
toda la sed que apagaron ¿dónde están?
¿Qué fue del fuego,
de la luz, del ardor motivador
de las ganas y de los retos?
Imito alaridos de rifles explotando
y el gotear de la sangre que derrama el ocaso del futuro.
Grito con desesperación las oraciones
que inventé cuando aún era niño en este encierro.
Mi dios es el eco
traedor de toda la esperanza
y espejo de la desolación.
Mi dios es la imagen de un yo sodomizado 
por la excesiva necesidad de volver a la fe,
de volver a creer que aunque todo cambia, la esencia permanece;
de creer en las melodías que me trae el viento
y en los diálogos con las sombras del pasado.
Sucedáneos de flores para el hambre,
hojas secas de árboles de papel como cobijo.
El tiempo sacrificado en honor a la soledad.
El tiempo muerto y el espacio condenado
a volverse impulsos eléctricos,
choques contra la razón entre la debilidad de las emociones.
Y yo confundido entre la amargura del ego anterior hecho ceniza,
frente al que pensaba ser una vez resucitado
cuando todavía era posible elevarme
más allá del exilio autoimpuesto por los sueños.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Promesas sin respuesta

¿Cuánto hacía que no te hablaba con sinceridad,
que no me acercaba a tu silueta para rodearla
y mecerla con dedos sonoros y palabras táctiles?
¿Cuánto llevo sin despertarte del sueño nervioso
que te atrapa, al que sucumbes y acudes siempre,
para identificar tus tiemblos cuando pareces herida
y nadie reconoce que estas perdida, quizá distraída,
encerrada y en trance con el culto tímido a tu miedo?

¿Cuánto hace que no te decían, ni yo ni nadie,
estas palabras prometidas entre risas progresivas,
disimuladas al compás de una música a veces infernal,
a veces espiritual, también atea y siempre rebelde?
¿Cuánto tiempo lleva tu pelo suelto, desangrándose
por temer olvidadas en tu conciencia la razón 
que lo llevó a soportar caricias lejanas, pegajosas
y extrañas, mientras creía aguardar el fin de los ensayos,
para entregarse a una prueba crucial, a un intento sincero
por sentir el roce del viento exhalado de la boca 
a la que has de juzgar, culpar, condenar, matar y amar?

¿Cuánto hace que no hablo de tu piel, que parece agonizar
 y palidecer al entrar en el invierno de la ambición, al rozar
la comodidad y la conformidad del calor artificial,
de las caricias por necesidad que complacen y seducen
mientras se corrompen ante la escasez de suavidad,
como si te abandonara por rencor el falso amor, guiado
por la deseada sinceridad; la del principio y la del fin?
¿Cuánto ha pasado desde la última vez que susurré
las canciones que componía a la sombra de tus ojos
y reías al oír esos versos forzados por la sed atroz
que los encendía en mí, tan rápidos y tan dolorosos
al marcharse de los suspiros, como cuando llegaban?

¿Cuánto hace que no describo las montañas que nos rodearon,
las nubes que ardieron sobre ellas, las noches de estrellas,
las lunas juguetonas, asesinas del calor, dadoras de la luz
que nos acompañaba, hora tras hora, en viajes imaginados:
Ojos cerrados y vuelos abiertos más allá del sueño,
realidades que se diluyen entre fondos grises de fotografías
camufladas, alucinadas en nuestro acercamiento lento de espíritus?
¿Cuánto hace que no uso palabras que suenen a pasión, a belleza,
a crueldad atrayente, a manjar de promesas, a dulzura palpable;
palabras que te digan lo que quiero decir y no lo que significan?

¿Cuánto hace que morimos cada noche para recordarnos 
que estamos más vivos que nunca? ¿Cuánto hace que no me ves
encerrado en lo poco que soy, envuelto de lo que tengo,
vomitando en tinta todo lo oscuro y lo mágico que nunca sale
con mis gritos? Esas verdades amorfas para tus sentidos 
que se han cansado de oírlas, y ahora recorren cada resquicio
de las almas-doncellas que aún anhelan formar parte del infinito
canto de la tinta, del que solo llegaste a conocer un eco dulce
que se apaga, pues no es fácil captar el roce en unos labios dormidos
que dictan en sueños lo que esta pluma dice; lo que inventamos
mi soledad y yo, mi amargura sin razón, mi sucedáneo de dolor;
lo que esperamos volver a decirte y que no sean vacío en ti,
que sean sutiles caricias verbales, capaces de despertarte
del silencio.

viernes, 3 de septiembre de 2010

¿Poesía?

Esto es poesía.
Este agotador encierro.
Esta búsqueda del agujero idóneo.
Este escapar de los susurros.
Este amanecer entre gritos.
Este desayuno de delirios.
Estos temblores de impaciencia.
Esta conciencia inconsciente.
Este martirio orquestal.
Todos los orgasmos mancillados.
Todas las palabras que se dijeron.
Todo este mundo de color humo.
Todas las vidas inertes.
Cada tumba abierta al purgatorio.
Cada gota de miedo
estallando en un pétalo.
Cada hoja teñida de impaciencia.
Cada labio mordido en un fracaso.
Cada nube vuelta a nacer.
Cada vaso vaciado.
Cada trago que no sacia.
Todas las miradas rechazadas.
Todas las ventanas empolvadas.
Todas las dudas susurradas.
Todas las melodías que nunca llegan.
Estos versos azules.
Esta sangre que se marchita.
Esta noche reflejada en mi sudor.
El espejo que dicta su miseria.
Cada golpe en el orgullo.
Los resoplidos de un moribundo.
Las súplicas, la rabia, el dolor
y las heridas de los torturados.
Cada gesto malinterpretado.
El egoísmo que transforma
el poder en injusticia.
Todo lo que digo 
y lo que jamás escribiré.
Todas las palabras que callo.
El calor como somnífero.
Un ritmo contagioso infectado
de virtuosismo y de nostalgia.
Cada animal viviendo entre desechos.
Toda mi imaginación muda.
Toda la ira escondida.
Toda la luz que apagas.
Este deseo que se pudre y se esfuma.
El sueño que guía y sustenta.
Todas las almas sin brillo de estrellas.
Todo el esfuerzo por distraer la cordura.
Todas las balas que nos extinguen.
Las disonancias violentas de cada guerra.
Toda el hambre que es una 
y se esconde tras su propio origen.
Cada hombre que no llegará 
a imaginar una verdad.
Los espíritus que correrán detrás de ellas;
ciegos, mudos, ignorantes, sordos,
desconsolados, locos, desesperados,
rencorosos y ebrios;
pero con un sentimiento de papel
y un corazón que escribirá con tinta de sangre:
¡Esto es poesía!