domingo, 26 de septiembre de 2010

Bajo la misma luna




No se trata solo de escribir. Cualquiera dedicando el tiempo y los esfuerzos necesarios, es capaz de hacerlo; y eso es algo que está demostrado.
Todos conocemos el desmesurado volumen de autores y obras en el mercado. Aceptemos el mérito retribuido con el beneficio de una lectura, o al menos con el interés y la investigación sobre ellos y sus obras, que se convierten en temas que solo esperan ser descubiertos, debatidos, analizados, comentados, criticados, valorados y tal vez comprendidos, o aceptados.
El rechazo ya es parte de nosotros desde el momento en que por primera vez deslizamos una pluma o un bolígrafo sobre el papel; otros usarían teclados y tinta impresa a máquina (pienso en Burroughs y su obsesión con la Clark Nova). Veo ahora la difusión digital de la palabra, un desbordante poder para aprender, enseñar, compartir y esperar fumando hachís o bebiendo cerveza a que alguien te descubra.
Me han acusado de nihilista y quizá lo soy. Desde todas las perspectivas podemos llegar a los mismos dilemas; con conclusiones distintas los optimistas pienso que ven su realidad a través de un velo de Maya energizador y reconfortante, con la esperanza contaminando al ser, a la quintaesencia del yo. Ese yo tantas veces nombrado, condenado, absuelto, discutido, alabado, enterrado, resucitado, olvidado y del que aún en el oscuro fondo de lo que creemos ser, donde creemos que pensamos, tenemos y sufrimos, la convicción reprimida de que  no existe.
Somos la unión de incontables partículas. Somos estímulos eléctricos regulados y evolucionados. Somos minerales, músculos, huesos, tendones, hígados e intestinos. Somos vísceras y esqueleto. Somos la ferviente duda de si lo que te dice qué eres, tu cuerpo o tu mente, eres tú y nadie o nada más. Somos los eternos manipuladores; los peores libertadores y unos patéticos aprendices. Somos la más sana enfermedad; la destrucción elevada a la santificación. Somos el hambre y la comida caducada. Somos la tierra robada, la educación sodomizada y la inocencia rota. Somos lo que nadie más quiso ser. Somos lo que miran quienes no ven. Somos el  humo que inspira y la tinta sin sentido. Somos la historia, el tiempo, las lineas, el mundo, el miedo. Somos las palabras infinitamente repetidas desde que somos voz, lógica,  riqueza, consciencia, vicio y más retórica que realidad. Somos los sentidos resentidos con los sentimientos, o al revés. Somos la dislexia, la venganza y la luz. Somos música disonante. Somos monos borrachos de lujuria. Somos el silencio y un punto y seguido. Somos un nuevo comienzo y el argumento acertado en la previsibilidad. Cansamos y salvamos, como la más grande fe. Damos la sed del crecimiento de lo especial, la aniquilación del patológico miedo al fin.

2 comentarios:

  1. Seguramente todos deberíamos escribir menos y leer y escuchar más. Pero en tu caso, deberías escribir más, a la vista de lo leído. Tus reflexiones me han dejado dando vueltas en un tiovivo extraño. Uno amargo por la calidad de lo propio y sediento por lo que se puede llegar a ofrecer. Y también con miedo. Recuerdo la primera vez que sentí miedo al ver que el comienzo de un cuento (ya perdido) me desarmaba. Desde ese día, descubrí que escribir es a la vez un placer y un horror que te paraliza.

    ResponderEliminar
  2. Es un miedo tan fuerte que tienes que huir, pero paradójicamente la huida solo puede darse por medio de letras formando palabras y frases y párrafos... Es una condena dulce y amarga; una forma de ser que es difícil de dejar, y a veces de aceptar.
    Un saludo y gracias por pasarte por aquí y por tus palabras.

    ResponderEliminar