domingo, 26 de septiembre de 2010

Ciudad

La ciudad arde
 envuelta en llamas 
  de avaricia y egoísmo.

La ciudad grita
  en su encarcelamiento, 
entre sombras mal dibujadas.

La ciudad se deshace
en miles de universos
que se contemplan precavidamente.

La ciudad vuela
y marchita las huellas 
de los pasos sigilosos.

La ciudad es música
vertida 
por los ausentes que la habitan.

La ciudad juega
a nublarse; gira
y sus nubes-entes descansan sobre ella.

La ciudad anhelaba 
cambios mientras dormía 
entre montañas de barro.

La ciudad es un eco
de palabras que nadie recuerda
y todos conocen.

La ciudad no es la paz;
la paz no es la quietud;
la quietud es un puente; 
los puentes de la ciudad
ahora son escombros,
arrastrados por los ríos 
que huyen del renacer.

La ciudad y la gloria duraron un atardecer.

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