martes, 12 de octubre de 2010

Sueño (1ª parte)

El despertador sonaba más fuerte a cada minuto, llevaba casi media hora intentando sacar a Hugo de su letargo, pero no podía.
En esos momentos Hugo disfrutaba de un sueño recurrente; volaba por encima de una aldea poco poblada dividida en terrenos que componían las armoniosas herencias que tocaban a cada familia desde hace varias generaciones; le resultaba familiar pero no la reconocía. Podía contar las casas y las parcelas en las que se dividía todo el territorio, de momento llevaba ocho, no faltaban más de cuatro para acabar de contarlas pero se distrajo; notó que algo lo jalaba por detrás; un tirón fuerte que lo devolvió a una realidad de la que no había sido consciente hasta entonces en el sueño, estaba volando y no sabía cómo, ni porqué o con qué.

Había despertado en su propio sueño. Miró hacia atrás buscando lo que le había desconcertado, pero no vio nada más que las últimas casas y los terrenos que acababan a los pies de las montañas que rodeaban la aldea. Cayó otra vez en la abstracción del sueño. Las montañas imponían su presencia, obligando a los ojos a posarse en ellas y descubrir poco a poco cada detalle; un árbol que crecía por encima de los demás; algunos arroyos que se asomaban en distintas zonas de las pendientes y que refrescaban y sanaban la naturaleza, como lágrimas necesarias. Lo que más le impactaba eran las cascadas que se formaban entre las rocas, que adornaban con su frialdad la austeridad que emanaban las copas verdes de los árboles y la tierra empedrada que los soportaba.

El despertador seguía sonando, pero Hugo seguía perdido en su sueño; admirando las montañas y buscando movimiento de vez en cuando, mientras volaba sobre la aldea. Nada ocurría. 
Decidió acercarse a las montañas e intentar bañarse en los arroyos. Parecía posible, y mientras siguiera soñando y siendo consciente de lo que ocurría, podía probar cualquier cosa. Había olvidado el detalle del tirón de antes, que de alguna manera era una advertencia para darse cuenta de más cosas y no sólo de la aparente manipulación de los acontecimientos de un sueño. Avanzó lentamente hacia una cascada que parecía llamarle con su sonido de fuerza y melancolía. Otra puñalada de familiaridad se le clavo en las costillas; el dolor llegó hasta los recuerdos y supo donde estaba. Antes de poder reaccionar sintió de nuevo un tirón, esta vez de la cintura y esta vez mucho más fuerte. Miró hacia atrás y con una mano palpo su cintura, buscando la cuerda que parecía sujetarle de ella, pero no tenía nada; intentaba girarse de golpe pero sus fuerzas no respondían, no tenía velocidad en sus movimientos, estaba atrapado en una gravedad distinta, empezaba a angustiarse. Intentó bajar hacia la tierra, para descansar  y concentrarse, pero tampoco podía. La confusión  empezó a marearle, sintió náuseas, pero no podía sujetarse en nada. Cerró los ojos esperando que todo pasara.


Sentía como si estuviese flotando en el espacio, rodeado de estrellas apagadas, con la oscuridad envolviendo su pequeño cuerpo. Todo parecía entrar en una calma mística que apaciguaba la ansiedad; su pecho empezaba a dejar de resonar con violencia ante las palpitaciones de un corazón asustado y llorón. Sin saber exactamente de donde venía, empezó a escuchar una melodía distante pero complaciente, apaciguadora; sonaba como un silbido afinado y armonioso. La cadencia se mezclaba con la nostalgia en la que  flotaba como un barco de papel en las aguas del río Azul,  perdido y asustado en su incertidumbre. El barco, el agua cristalina, su reposo salvaje, la melodía, la armonía de los cielos  y los sonidos de todos ellos, parecían jazz. 
El silbido se hacía más fuerte y la melodía más familiar, también más consoladora, hasta que se perdió en unas risas burlonas, como las de un niño que juega con una criatura inerte a la que puede controlar a su antojo, una marioneta inocente y dócil.

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