martes, 12 de octubre de 2010

Sueño (2ª parte)

Era imposible saber de dónde provenían las risas, porque Hugo  no podía abrir los ojos para cerciorarse de dónde estaba el cielo, la tierra o él. Sus párpados parecían pegados y no podía apenas mover los brazos, ni girarse para orientarse y asegurarse de la dirección de la que provenían la voz y la melodía, y poder buscar a su ejecutor.  Qué difícil resultaba; y que bien caía, como los chapuzones en un río azul, el silencio que ahogaba en su turbulencia los silbidos y las risas, que parecían cesar.
El sueño llegaba a su fase final. Como dije al principio era un sueño recurrente para Hugo y algunas veces se despertaba en este momento; con la calma del silencio y las vibraciones del teléfono móvil en la mesita de noche. Pero en ocasiones el sueño seguía con su misticismo distante; su clamor por una vuelta a los recuerdos, a lo que se era o se fue.

Él yacía en silencio, suspendido en el aire sin viento. De pronto las risas del siniestro personaje se volvían a escuchar; Hugo se aterraba y soltaba un alarido de terror que resonaba por toda la aldea y rebotaba en las montañas; las risas se hacían más fuertes, aún más fuertes que el eco de su desesperación. Notaba cómo el pánico lo envolvía y lo paralizaba hasta ahogar sus gritos y convertirlos en vulgares gemidos. 
Sin esperarlo y sin darse cuenta abrió los ojos. La luz le destrozó las retinas y las pupilas; dio la espalda al sol, pues sus movimientos volvían a ser fluidos; esperó hasta que los círculos de colores que bailaban en sus párpados cerrados se transformasen en el fondo negro bañado de sangre que es habitual a la luz del día. 
Tras un momento de calma, como si el maestro de las marionetas esperase a que sus harapientos títeres estuviesen en las condiciones óptimas, físicas y psicológicas, para poder jugar con ellas y representar la obra elegida de la forma más cercana a la perfección posible, los violentos jalones por la cintura volvieron a azotarle, aunque el ya no se sorprendía por las dolorosas sacudidas. 
Con su vista adecuada a la potente luz del sol, buscaba en el suelo de la aldea al autor de la broma. Se fijó en que estaba atado a una cuerda por la cintura, que era la que parecía mantenerlo en el aire. Con algunas maniobras de volador experto consiguió orientarse hacia el otro extremo. Vio en él a un pequeño ser con cuerpo de niño, lleno de canas y con una enorme barba, que le miraba fijamente y sonreía, iba vestido con una especie de sotana negra y se divertía manejándole como a un barrilete-marioneta. 
Parecía estar a punto de decir algo, y Hugo sentía que él también necesitaba hablarle, pero se despertaba, siempre se despertaba. 
Era este punto hasta donde más lejos ha conseguido llegar en el sueño. Parecía estancado en el; como una novela que se deja a medias por motivos estúpidos e intrascendentes. 
Y es esto lo que ha servido para despertar en Hugo una expectación enfermiza; una impaciencia neurótica por saber lo que se tenían que decir en el sueño, mientras jugaban por los campos y el cielo de Chimusinique, el títere y el titiritero.






Fin.

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