lunes, 29 de noviembre de 2010

Un poco más libre


Hoy me siento un poco más libre
O tal vez sólo liberado.

El cuerpo pide cambios,
¿No es eso lo que dicen?,
No nos podemos estancar,
Aunque no nos movamos.

Podemos conocer cuanto nos propongamos
-con suerte hasta a nosotros mismos-
Como necesidad, y por lainocencia que nos hace
Pequeños entes vivos, curiosos y sensibles,
Podemos crecer y hacernos monstruos gigantes
En los arcanos del espíritu

Hoy me he liberado
De la atadura al desaliento;
He escapado de mi cueva, purificadora de engaños;
A partir de hoy abriré más los ojos y los oídos;
Desde hoy palparé cada centímetro
De la piel-realidad de tu cuerpo poseído;
Te oleré hasta saciarme
Y degustaré como nunca antes la pasión que desbordas
Al observarme,
Aunque a veces quieras esconderla y disimules
Para que tenga que luchar por ella.

Sin nombre, parte 4

Ella no quería esa casa, no quería esa ausencia durmiendo a su lado, no quería sentirse anclada a un capricho instintivo que no había elegido, no quería depender del aliento descompuesto de un perdido, para sustentar los suspiros de su voluntad.
Mirar a su alrededor era una tortura; cada pared era una herida nueva; cada paso sobre el suelo consumía una porción más de su paciencia; por las cañerías de los baños se iba, entre agua y deshechos, su tolerancia; a su dignidad sólo la mantenían despierta las mañanas en la sala de rehabilitación de quimioterapias del hospital, rodeada de criaturas con un sufrimiento mayor que el suyo.
Los días y el pesimismo que traían, por su pesada carga de angustia, cada vez eran más difíciles de controlar, de apaciguar y de razonar; y no se puede actuar con normalidad cuando todo se derrumbaba.
Pensó tomar decisiones drásticas que quizá se veían venir. Mario pasaba más días ebrio y colocado que despierto; ella sólo comía fuera, mientras se planteaba cambios y valoraba las posibilidades; estos planteamientos  desembocaban en llantos; y los llantos  al final acabarían trayendo la fuerza que  haría falta para llevar a cabo sus planes. 
Sólo era fuerza de voluntad lo que necesitaba y ésta vendría con la confianza que ganaría si se tomaba en serio la posibilidad de transformar su realidad, de conseguir un presente digno, y poder imaginar un futuro sin estar atada a nadie, aunque sí relacionada con otras personas; también con hombres, pues no todos podían ser como Mario.
Y no todos lo eran. No todos se habrían dado cuenta de las ganas de libertad y la busqueda de sensaciones  que nacían en Odilia. No todos habrían pensado que no valía la pena luchar, ni  se habrían dedicado sólo a saciar la lujuria que llevaba meses dormida,  y que se sabía a punto de ser abandonada durante una temporada larga mientras llegaba el día en que ella tomara la decisión. 
Tuvieron las noches más sudorosas y violentas que su memoria podía recordar al evocar el placer y la lujuria. Fue una despedida tan sórdida, como necesaria y reconfortante. Se alejaban sabiendo que, al fin y al cabo, se vive mejor recordando lo placentero que sufriendo por el daño causado. El sexo era la mejor manera de comunicar el deseo y la necesidad que saciaban el uno en el otro; necesidad con la que intentarían convivir y a la que, tal vez, llegarían a remplazar.

Para entonces la hierba seguía consolando las noches de Odilia, y Mario parecía entrar en una etapa de control sobre sus vicios. La hora de su separación había llegado.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Pacto con el diablo


Hice un pacto con el diablo.

El pacto típico
Para entregar un alma
A cambio de favores colosales.

Prometí darle sin reservas mi espíritu,
Le dejé poner un plazo de entrega,
Incluso lo invité a una copa de vino,
La rechazó porque le traía malos recuerdos.

Le ofrecí mi alma apenas mancillada
Cuyas ansias de sabiduría superaban mi capacidad
Para esforzarme. 
No pude evitar poner un precio alto.

A cambio exigí un poco de tranquilidad
A la hora de centrar mis pensamientos;
Le pedí transformar el concepto universal de la belleza
Para que fuera yo considerado imponente y deseado;
Le pedí la sumisión de delicadas doncellas
Frente a mi retorcida lujuria;
Le pedí facilidades
Para no necesitar nunca mendigar o rogar limosna;
Le dije que tenía que hacerme diestro en las artes,
Para dominar cualquiera de mis metas
Y conseguir crear obras definitivas, memorables;
Le pedí que se tomara una copa de buen vino a mi lado.

Prometió pensarse lo del pacto y rechazó el vino,
Por sus malos recuerdos.

Hoy sigo intentando escribir algo de calidad
Y componer melodías gloriosas,
Pero no creo estar consiguiéndolo;
Hace años que ninguna dama prueba mi lascivia;
Cada vez tengo menos dinero para sobrevivir con dignidad
Y el vino ahora lo bebo
Desde envases de cartón.

Tal vez el trato no le pareció justo;
Quizá mi alma no valga para una eternidad 
en el infierno.

Tendré que quedarme con las ganas,
Como siempre.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Sin nombre, parte 3



Odiaba la sensación de sentirse una extraña ante cualquier situación, como si sobrase, como si todo el mundo pudiese disfrutar de experiencias enriquecedoras y satisfactorias, fueran las que fueran, pero ella no. Y no porque no quisiera. Siempre había querido sentirse parte de algo, sentir que encajaba, que podía ser igual a los demás, o al menos comportarse como ellos; pero algo dentro de ella se lo impedía;  nunca había podido explicar qué era lo que se lo impedía, evitaba hablar del tema con la gente, por miedo a comprobar y que comprobaran que, simplemente, era incapaz. Mario era el que más se había acercado a ella, a conocerla realmente. Pero, ¿de qué había servido? Ella seguía sintiéndose sola, apartada y ya casi sin ganas de volver a una vida social normal y corriente, y él… (soltó una sonrisa sarcástica al pensar en él) a él no parecía importarle nada el estar apartado del mundo, tal vez por el alcoholismo y su adicción. Mario podía pasarse semanas sin salir de casa, esto en parte gracias a ella, que  la mantenía bastante ordenada y no dejaba que  faltara  comida.
Empezó a salir con él por extrañas razones, las mismas que le habían hecho elegir el trabajo con los niños moribundos: la necesidad de sentirse útil y poder ayudar a la gente y que, ésta, se lo pagase con gratitud. Sentirse querida era lo que buscaba. Con Mario había fracasado rotundamente. Ni muestras de cariño, ni agradecimiento; en ningún momento sintió que lo que hacía por él sirviese para algo. Seguía igual que cuando empezaron a salir hace ya 2 años, igual o peor, pues ahora era ya un adicto, con mayúsculas, a los estupefacientes.
Debería ser él el frustrado, no ella, que solo había actuado con buenas intenciones.
Así empezó a comprender que no hay lugar para los altruistas. Si actúas sin esperar nada a cambio, la gente no te tendrá en cuenta. Un pequeño precio que hay que pagar: acabas aislado del mundo, pero tratándote a ti con toda la bondad con la que seas capaz.  
Dio varias caladas mientras pensaba esto, no sabía si reír o llorar. Apagó la luz e intentó dormir.

Arte azul


Una paloma blanca ha pasado volando
Donde el cielo es un instante que alumbra
Y dispara, sobre cada cráneo ínfimo,
Las alucinaciones que darán forma
De movimientos metamórficos
Al devenir de la lucha:

Todas esas vueltas sobre el mismo punto;
El azul girando, acompasado a la música,
-Santificada por un hombre de carne y verbo-
Mientras ataca a los oídos y advierte,
Al olvido, que cada golpe volverá, cada martes,
A sacudir con sus estallidos,
Nuestros hemisferios lacerados.

Sueños vivos



Llegan las reflexiones,
A la hora del sueño vivo.
Como nubes anunciando 
una descarga inminente, 
de frío transparente 
y luz humedecida, cayendo
Con la furia y la tempestad del otoño.

En las esquinas sucumben 
vidas adictas a la calle, 
-bajo la mirada preocupada
De un poder asustadizo,- 
que esquivan, con pena
Y desprecio, el destino sufrido
Por el abandono sin nombre.

Llegan las reflexiones,
A las que arropan los descubrimientos
Que hicimos tantas veces ayer;
Tantos instantes presentes cubiertos
De una fina hoja de aceptación, de asimilación,
De lo que procura mostrarse
Para no ser tocado, y se grita
Desde estrados improvisados, para compartir
Los fantásticos delirios.

 *
Una criatura que viste de fragilidad.

*

La verdad es un constante caminar por la vereda
Del amargo y paciente arte heredado,
Y  del aprendido con la dulzura del desprecio,
Absorbido por la propia piel, cuando nos cubre
Su manto de retórica, dispuesto a identificarnos
A cada uno, tan pequeños como somos,
Y descubrirnos, como al nacimiento del no-sentido,
Y all clímax receloso de la sinrazón.

La música a veces no llega a escucharse,
La candencia de la composición nos hunde
En su silencio, con sus susurros.

Juraríamos lealtad al destino
Si no se burlase la inocencia, de nosotros mismos.

Podríamos descender hasta el calor maternal;
Hacia su humedecido vientre; al pecho dador
De fe y arrebatador del riesgo.
Tendríamos que acercar las almas, inventarlas
Si fuera necesario, para acompasarlas
A la bondad que esconden sus manos;
Reconocernos en su rostro, cantarle con su voz,
Deshacernos del temor al roce
Con nuestra propia conciencia. Amarla y amarrarla
Al silencio de la culpa;
Contarle uno a uno los remordimientos
Que nos hacen caer y nos atraviesan,
En forma de imágenes distorsionadas
De un pasado reciente, blasfemo; y los inventos
Del devenir otorgado como moneda de cambio,
Frente al relajado transcurso de esta hora,
En la que lo más sensato que nos deja hacer el miedo,
Crecido entre confusión y ganas de rendirse,
Es buscar una colcha más gruesa para cubrirnos
Y soportar mejor los sueños vivos.

Sin nombre aun. Segunda parte.

Volvió a su habitación después de dejar la bañera a medio llenar, al final con agua templada, porque Mario no parecía reaccionar con el agua fría y al menos así no cogería una pulmonía.  Empezó a liar un porro de marihuana para no pensar en el asco que se daba a sí misma por aguantar a Mario; por aguantarle y cuidarle; por cuidarle y quererle. Mientras fumaba, empezó a rondarle la idea de abandonarlo. Sabía que  acabaría odiándolo, de eso estaba segura, además, no faltaba mucho para que pasase. O lo abandonaba ahora que aún le tenía cariño, por lo menos para desear que le fuese bien cada vez que lo recordase, o aguantaba más, y esperaba a su lado hasta llegar a odiarle para marcharse resentida, más con ella por estúpida que con él por no haber sido lo que ella imaginó que sería. 
Siguió fumando; empezaba a relajarse. Su habitación se estaba llenando de humo,  dejo el canuto en el cenicero de la mesita de noche,y cogió un libro, necesitaba distraerse hasta quedarse dormida.

La lectura no ayudaba, se tumbó completamente en la cama, sin almohada,  cogió el canuto y siguió fumando. Estaba harta, nada había ido como ella esperaba; ni su trabajo, cuidando niños moribundos por cáncer en un hospital,  le daba las satisfacciones morales que buscaba; ni el supuesto amor que sentía por Mario, y que él debería sentir por ella, la satisfacía emocionalmente y, desde hace semanas, ni siquiera sexualmente.
Recordó parte de un texto que había leído en algún sitio hace tiempo: “La vida decepciona, la gente decepciona… no esperes nada de ellas, actúa por ti, al fin y al cabo, si te defraudas tienes todo el derecho de reprochártelo; a la vida y a la gente, no”. Nada importaba en ese momento y pocas veces había habido cosas relevantes de un modo individualista, tal vez egoísta, para ella, a lo largo de su vida; nunca había podido dejarse llevar ni por sus emociones,  ni por sus sentimientos, ni siquiera por sus anhelos… quizá el momento había llegado. Pero ¿cómo saberlo?

jueves, 25 de noviembre de 2010

Otro relato... y como siempre, no se que nombre ponerle; esta es la primera parte.

Un fuerte ruido la despertó. Sin saber qué era, apartó las mantas, se sentó en la orilla de la cama, vio el despertador: las 3 y media. Se puso la bata, hacía frío. Encendió la lamparilla de la mesa, se levantó y salió de la habitación.
Encendió la luz del pasillo, vio que la puerta del baño estaba entreabierta y la luz encendida, echó a andar lentamente, apoyando una mano en la pared. Se escuchaba un sonido suave y seco, algún pequeño objeto metálico golpeando contra algo. Abrió la puerta y como esperaba, era Mario. Estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la bañera, desnudo; con la mano derecha golpeaba un cortaúñas contra el suelo, tenia la izquierda apoyada en la taza. Estaba sudando y parecía temblar de frío a la vez. Los ojos llenos de lágrimas, babeaba y se había vomitado encima...  Odilia lo miró con pena;  estaba enfermo, no se le podía llamar de otra manera; alcohólico desde hace años y adicto a los estupefacientes desde hace meses.  Estaba cayendo bajo, no podía controlarse, se colocaba hasta que no podía más; muchas veces sólo paraba porque ella le obligaba, pero la mayoría acababa como hoy, o peor aún. Por lo menos esta vez había sido en su casa y no en la calle, o en el baño de algún tugurio.
La pena que sentía  empezaba a esfumarse.  Encendió un cigarrillo. Ese era el lapso que le daba a la comprensión y la tolerancia que intentaba mostrar cada vez que le veía así. Apagó el cigarrillo abriendo el grifo del lavabo, echó la colilla a la papelera. Se acercó al cuerpo, yaciente en el suelo y lo cogió por los brazos para levantarle, él no cooperaba. Consiguió meterle en la bañera y empezó a llenarla con agua fría, eso talvez haría que se despejase o, por lo menos, que se moviese por si mismo. El agua estaba realmente fría.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Sobre el amor, la soledad y todo lo demás

Hoy he escuchado a un grupito de amigos, (amigos entre ellos, los míos están ocultos casi siempre) darse consejos y debatir sobre el mejor método, las mejores técnicas, las características necesarias para conquistar.
Eran dos muchachos y una mujer y se decían que, para seducirlas, hacían falta, sobre todo, tener la autoestima alta, mucha confianza en uno mismo, una apariencia agradable y atractiva, ser optimista, o sea, creer en uno mismo.
La mayoría no son más que variaciones sobre el mismo tema, pero, aun así, lo consultaban con la chica que los acompañaba y ésta les daba la razón, agregando la simpatía, un leve toque de morbo, dotes artísticas (sin que sean obsesivas) sobre todo si es cantando o manejándose con destreza, (sin virtuosismos) con algún instrumento musical no demasiado extravagante, que llame un poco la atención sin hacer el ridículo.
Yo escuchaba atento, más por distraerme con algo divertido que por sacar cosas de provecho y no pude evitar valorar sus comentarios y compararlos con mi situación.
Es todo muy confuso; para empezar…
Hace falta tener realmente ganas de conocer a alguien,(primordial, por raro o estúpido que suene) y la confianza, la autoestima, el talento, el optimismo y todo lo que comentaban como necesario, cuando yo los noto altos dentro de mí, es cuando mejor me siento estando solo, sin rodearme de gente.
Es cuando no me veo con posibilidades para soportar mi soledad y mis carencias, cuando creo que necesito estar con una persona; supongo que hay más gente, como yo, para la que no es una prioridad tener pareja, o al menos para la que no lo es siempre; aunque reconozco que a veces es una mierda no sentirse querido, o amado y no poder dar rienda suelta a la lujuria que tantas ganas tengo de vaciar fuera de mí; pero claro, que intente alguien seducir a alguna chica, sin dinero, sin coche, sin talento, sin una apariencia cuidada, sin ganas de actuar como una persona simpática, sin la esperanza de encontrar el amor, o poder darlo; que intente alguien conquistarla sólo con las ganas de poseerla y tener noches salvajes de sexo sin nombres, sin números, casi sin palabras…
Si alguien ha comprobado que es posible que me lo haga saber, porque empiezo a perder la esperanza y cada vez estoy más a gusto despreciando las relaciones afectivas y masturbándome cuando las ganas de eyacular se hacen insoportables.


Por un sueño...



Salió de su apartamento; echó a andar por el angosto pasillo, ignorando las macetas que parecían ornamentadas con algunos golpes, patadas seguramente. El ascensor estaba averiado. Tuvo que bajar las cuatro plantas caminando.
Mientras contaba los escalones con la mirada perdida en el vacío, sin reparar en las baratijas que colgaban de las paredes, (cuadros de árboles exóticos y cazadores del siglo XIX con sus escopetas al hombro, acechando posibles presas entre espesos matorrales, todos comprados en un todo a cien, bombillas colgando de sus cables y alguna que otra florecilla de plástico, pegada con cinta de doble cara a las paredes) le volvió a la mente el recuerdo del sueño de la noche anterior.
No entendía por qué le estaba dando tanta importancia, un sueño es sólo un sueño, no hay mensajes ocultos; su inconsciente encontraría una mejor manera para comunicarse con él y su realidad, si es que tal comunicación es posible, pero… podría ser, ¿quién puede asegurar que no hay fuerzas paranormales actuando en el universo, incluso dentro de nosotros mismos? ¿No sería esa una posible refutación de que el alma existe?
Estaba otra vez pensando en voz alta, o eso le pareció; soltó una sonrisa sarcástica y siguió bajando las escaleras.
El hecho de que el supuesto poema que le recitaba  aquel hombre en su sueño, desde detrás de la barra de un antro, no pareciera tener ningún sentido en su conjunto, (no era un poema propiamente dicho, eran más bien versos sueltos, mezclados quizá), motivaba aún más su curiosidad; cada frase por separado sí parecía parte de un todo, un todo con sentido, un sentido que tal vez él debería entender, puesto que era su alma la que trataba de comunicarse a través del sueño y por medio del poema…
Se detuvo. Su pulso se había acelerado; se quitó las gafas con una mano y se llevo la otra a la cara, sobre los parpados, presionando suavemente. Hacía esto cada vez que quería centrarse. ¿Desde cuándo creía él que el alma podía comunicarse con la persona, en una especie de lenguaje secreto, que solo deberían conocer emisor y receptor?, más aún ¿desde cuando creía él en el alma?

Porque no te creo

Me hablas del odio,
Al oído;
Murmuras con asco y repulsión
Que la vida no es lo que parece,
Que aunque lo parezca
Esto no es vida,
Que supiste ver la magia  que vuela con el viento
Y que la alegría de las estrellas,
Su luz,
No es más que el pasado que se pierde

Susurras entre risas
Que lo descubriste al amanecer,
Cuando el sol venía a calentar  tu resaca
De pasión

Me hablas de la vida y sus sonrisas;
Del letargo de paz en el que te pierdes
¿Sola?

Cantas con desprecio
Sobre el desprecio de los mortales
Hacia la luna.

Esa que te hace recordar,
A gritos,
El único misterio de tu angustia
Cuando la tocas con un dedo,
Y descubres que  no avanza hacia nosotros;
Que lo hace el fuego que aborrece la tristeza
Y la lluvia que moja la nostalgia.

Tu inocencia ya no vive ni brilla
Como lo hacía en tus sueños,
Y duele.

Tu resplandor se apaga entre las nubes,
 Descubres que la noche llega
Sin avisar,
 Y temes asumir que estas engañada,
 Que tu dolor es solo un sucedáneo
Del amor.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Déjala en paz


Déjala tranquila
No la persigas
No intentes acorralarla
Con tus palabras
O tus brazos;
Deja que vaya sola
A donde se encuentre
Consigo misma, amando
Lo que ha nacido para amar;
No hace falta que la acoses,
Ella sola elegirá
Hacia dónde y a quién
Ha de querer y a quién
Ha de tener.

-Ya somos adultos,
Comportémonos como niños
Y que sólo se arrugue la piel-

Era domingo y tenía 24 años (¿fin?)



Me pongo a dar vueltas por la buhardilla, mis ojos tropiezan con todas estas cosas que son la muestra material de lo que soy, de mis aspiraciones, mis gustos, mis motivaciones y el esfuerzo que puse en ellas, o el esfuerzo que se me dejaba poner, pues todo tiene un precio.
Hay un escritorio viejo de madera, regalo de algún familiar y del que, según dicen, en su día costó una buena suma, yo no sabría reconocer ese valor. Sobre él hay una televisión que se mantiene la mayor parte de las horas apagada, por razones que prefiero evitar mencionar, pues me resultaría un esfuerzo vano; también hay algunos libros y unas películas sobre él; fijándome bien, encuentro barritas de incienso chinas, un triturador de marihuana, el reproductor DVD… Justo en frente está colocado un sofá cama rojo, comprado recientemente; frente a él una mesita negra, poco útil pero que transmite armonía al espacio. 
Detrás del sofá está acoplada mi cama, la cama más baja del mundo; su colchón va encajado a una estructura de madera a ras del suelo,  una cama que puede resultar graciosa pero es efectiva y mi concepto de armonía también está implícito en ella, con sus sábanas y su edredón desechos.
A los pies de la cama, no sobre ella, está apoyada mi guitarra Jackson en su trípode de exposición; no sabría decir cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que toqué con ella. Tengo otra guitarra, una acústica, que está asentada sobre la ropa lavada y sin guardar que decora el sofá y con la que tampoco toco a menudo.
Después está mi otro escritorio, desde el que escribo. En este se demuestra claramente cuál es la filosofía de la armonía que predico, a veces sin meditarlo y pocas veces consiguiéndolo: el desorden y la  indolencia; está poblado por todo lo que forma  y ocupa el devenir de mis tardes, mis noches y algunas mañanas. Hay cuadernos a medio llenar, hojas sueltas con poemas o párrafos a los que con seguridad no podría describir desde la memoria, sin tenerlos delante. Hay libros, discos, facturas, latas de cerveza vacías, una lámpara; más discos, más libros, más latas de cerveza; una pipa inútil, bolígrafos, papel de arroz, encendedores, restos de tabaco, filtros de cigarros, un cuchillo, unos altavoces, una cámara web, cables, mis llaves, más restos de cigarros, otro cuaderno, otra factura, otro libro, una bolsa, una botella de cava vacía, más cables, electricidad, luz, la pantalla, el ratón, el teclado, el hachís, y yo, apoyando la cabeza en el escritorio, con los brazos en la frente, dándole forma a este intento de relato, o como pueda llamársele.

Midiendo las palabras




Me he dicho tantas veces
Que es otro el camino que tengo que tomar
Que ya está perdiendo sentido la frase

¿Pero qué más da?

Lo divertido siempre será la búsqueda
Ir con pequeñas metas
-Las grandes siempre acaban pervirtiendo
O deformando la naturaleza del sueño-

Seguiré escribiendo como si tuviera algo que decir
Y permaneceré callado cada vez que me sienta
Obligado a pronunciar cualquier palabra.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Era domingo y tenía 24 años (2)

Es domingo,  y me debato entre las pocas posibilidades que tengo para ocupar la tarde libre. 
Escribir es siempre una buena opción, a veces la mejor, sin duda, pero casi siempre la más dolorosa. ¿Dolorosa por qué? Quien se lo pregunte, quizá pocas veces haya escrito algo desde el corazón, dejándose el alma (también se aprende escribiendo regularmente,que hay tópicos de la narrativa que nunca dejarán de usarse). 
Tengo algunos poemas para revisar y estructurar; agregarles versos, suprimir palabras, darles una forma definitiva, al menos la que me parezca adecuada hoy. También tengo algunas ideas, de las que podrían salir versos y estrofas suculentas, divertidas o decentes o algunos párrafos con cierto nivel, quizá. 
No sé con cuál de ellas ocuparme, puede que todas me satisfagan y me hagan pasar una tarde entretenida, o puede que no y simplemente consigan amargarme. Lo cual nunca es demasiado difícil, porque tiendo a la amargura y a la tristeza, por naturaleza.
Es una tarde de domingo, aburrida, soleada y fría; pero podría ser una tarde de cualquiera de los días de la semana, pues mi monótona rutina apenas varía de día en día desde que perdí mi último empleo. 
Han pasado pocos días desde entonces, aunque he tenido que cambiar mi forma de vida, mi casa, mis costumbres, mis mañas; he tenido que volver a vivir con mi familia, tras una descuidada y poco fructífera en experiencias, emancipación.

El nivel de vida de cada uno sólo le permite recorrer una parte pequeña del mundo físico; el espiritual no tiene fronteras, ni diferencias, ni conflictos de intereses, sólo el precio que cada uno estemos dispuestos a pagar.

Era domingo y tenía 24 años (1)

Tengo veinticuatro años y esto aquí, encerrado en mi casa, acomodado en el sillón que he conseguido para usarlo en mi rincón de lectura, escritura y fumadero.
Estoy pensando qué sentido tiene todo esto; si voy a llegar a alguna parte así, siendo como soy.
¿Quién soy? Fui un niño tímido, callado y reservado y más inocente de lo que debía. 
Fui un adolescente más callado y más tímido, y enfermizamente reservado.
Se supone que con el paso de los años uno va venciendo sus miedos y que nos abrimos más a la compañía de otros; al disfrute de placeres vacíos, de masas; al confortamiento efímero frente a los retos de la imaginación.
Pero yo ahora tengo veinticuatro y no sé qué o quién soy, o cómo soy. 
La timidez se ha convertido en un miedo atroz al contacto cercano con otras personas; un desprecio por la unión con ellas, que a veces parece ser el rechazo hacia los demás y sus consecuencias, y otras un rechazo hacia mí mismo, por mi falta de confianza y de voluntad.
Hay días en los que desearía acercarme a los demás; conocer sus historias; aprender lo que sea que tengan para enseñar; follar con sus mujeres, con sus hermanas y con sus hijas. Pero ,en la mayoría de situaciones y momentos, sólo deseo hacer más soportable este abandono al que me condeno, por ganas de encontrar un sueño y vivirlo y por miedo a despertar y confirmar que la realidad puede vencer a mi mal entrenada capacidad de razonamiento.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Empezando a reflexionar


A veces las cosas son lo que parecen,
Aunque la mayoría sean sólo ilusiones frágiles
De lo que aparentan.

¡Y cuánto duelen!

Llorar es absurdo;
Reír sólo sana si no hay nadie mirando.

Vivir y amar
Vivir y amar
Vivir y amar

Para que este circo deje de ser un chiste
De lo que realmente nos tiene que importar.

Algunos desvaríos


Proponer temas de conversación, o empezar las mismas con cualquier comentario, por ridículo, elocuente o pretencioso que resulte es algo que nunca he sabido hacer. En pocas situaciones he sido capaz de cruzar el charco que me separa de la compañía de nuevos perros locos que se asomen a mi vida para darle aires pestilentes de conversaciones pseudo-filosóficas, o sesiones de escucha y comentarios de discos históricos, salvajes y burgueses; también el cine tendría su espacio en nuestras horas de alimento cultural; pero nunca llegan. Nunca supe reconocer a los esteparios de  Hesse entre los modernos, entre los que habitan estos desiertos y que no recuerdan o nunca llegaron a conocer el despertar de sus almas; porque de eso es esto un desierto, de almas.
Y todos vagamos, todos nos dejamos llevar por algunos instintos, usamos la razón con precaución y respetamos la realidad, esa que existe sólo cuando pensamos en ella. Todos afirmamos que vivimos, que esto es nuestra vida, nuestra época. La gente parece encarcelar dentro de sí misma todos los deseos de aprender por aprender, de la cultura por el mero placer de saber cosas, saberlo todo.
Aunque quizá esa obsesión sólo esté reservada para algunos, elegidos o predestinados y todos ellos estén condenados a enriquecer sus espíritus en la soledad, apartados de la sociedad en masa y más aún de sus colegas de desvaríos, sus almas gemelas.
¿Cuánta gente se pasa, noches enteras, reunida, desvariando, acomodada entre armonías limpias y discusiones relevantes? Desde Cortázar y Huxley no se ven diálogos elocuentes, con sentido, abstractos, densos, magníficos.