21 de noviembre de 2010

Era domingo y tenía 24 años (¿fin?)



Me pongo a dar vueltas por la buhardilla, mis ojos tropiezan con todas estas cosas que son la muestra material de lo que soy, de mis aspiraciones, mis gustos, mis motivaciones y el esfuerzo que puse en ellas, o el esfuerzo que se me dejaba poner, pues todo tiene un precio.
Hay un escritorio viejo de madera, regalo de algún familiar y del que, según dicen, en su día costó una buena suma, yo no sabría reconocer ese valor. Sobre él hay una televisión que se mantiene la mayor parte de las horas apagada, por razones que prefiero evitar mencionar, pues me resultaría un esfuerzo vano; también hay algunos libros y unas películas sobre él; fijándome bien, encuentro barritas de incienso chinas, un triturador de marihuana, el reproductor DVD… Justo en frente está colocado un sofá cama rojo, comprado recientemente; frente a él una mesita negra, poco útil pero que transmite armonía al espacio. 
Detrás del sofá está acoplada mi cama, la cama más baja del mundo; su colchón va encajado a una estructura de madera a ras del suelo,  una cama que puede resultar graciosa pero es efectiva y mi concepto de armonía también está implícito en ella, con sus sábanas y su edredón desechos.
A los pies de la cama, no sobre ella, está apoyada mi guitarra Jackson en su trípode de exposición; no sabría decir cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que toqué con ella. Tengo otra guitarra, una acústica, que está asentada sobre la ropa lavada y sin guardar que decora el sofá y con la que tampoco toco a menudo.
Después está mi otro escritorio, desde el que escribo. En este se demuestra claramente cuál es la filosofía de la armonía que predico, a veces sin meditarlo y pocas veces consiguiéndolo: el desorden y la  indolencia; está poblado por todo lo que forma  y ocupa el devenir de mis tardes, mis noches y algunas mañanas. Hay cuadernos a medio llenar, hojas sueltas con poemas o párrafos a los que con seguridad no podría describir desde la memoria, sin tenerlos delante. Hay libros, discos, facturas, latas de cerveza vacías, una lámpara; más discos, más libros, más latas de cerveza; una pipa inútil, bolígrafos, papel de arroz, encendedores, restos de tabaco, filtros de cigarros, un cuchillo, unos altavoces, una cámara web, cables, mis llaves, más restos de cigarros, otro cuaderno, otra factura, otro libro, una bolsa, una botella de cava vacía, más cables, electricidad, luz, la pantalla, el ratón, el teclado, el hachís, y yo, apoyando la cabeza en el escritorio, con los brazos en la frente, dándole forma a este intento de relato, o como pueda llamársele.

3 comentarios:

  1. Increible. Ya conocía la canción, y por una extraña razón cada vez que avanzaba más en lo que acabo de leer, nada me sorprendía, ni el cuchillo ni la cama baja.

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  2. y más discos y más libros y más cables y más hachís... :):):). A esto me referia cuando hablabamos de describir sentimientos a través de algo despersonalizado. You know who am I? jajajajaja

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  3. Tengo que volver a escribir sobre cosas más personales, aunque sea despersonalizándolas, como dices... siempre llegan más hondo que los relatos de pura ficción ;)
    Of course I know who you are... you're laugh is unique! ;)

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