martes, 27 de septiembre de 2011

Sobre algunos sueños...


Siempre se había preguntado de dónde venía la frase hecha de “el hombre de tus sueños”. Le resultaba paradójico y divertido pensar en la tendencia que tenemos los humanos de idealizar a alguien, pensando que sería una pareja perfecta. Normalmente se hace con alguien a quien no conoces demasiado, pues (he aquí la paradoja) cuanto más conoces a una persona, más defectos descubres y más claro tienes que en tu sueños no fue, o no habría sido, así.
Ella sabía que soñar, literalmente, a alguien no significaba que se le deseara, o que se le quisiera, mucho menos que estés planteándote tener una relación o una aventura con esa persona. Si sueñas con alguien a quien conoces desde hace poco tiempo y resulta que acabas teniendo sexo salvaje con él en un restaurante de comida rápida, dentro del sueño, no significa que lo acabarás haciendo, ni que quieras hacerlo… En lo único que pensarás será, después de reírte por lo extraño y patético del sueño, en lo vergonzoso que podría resultar encontrarte con esa persona y debatir en tus pensamientos si deberías contárselo o no. Probablemente a él también le resultaría gracioso y la situación sería una ocasión perfecta para unirse y darse más confianza mutua; o puede que el tipo se piense que en realidad lo deseas e intente conquistarte, para llevarte a su casa o a los baños del centro comercial más cercano, en un arrebato patológico causado por su particular interpretación del sueño.
Los sueños significan poco, suele decirse… la realidad es más cruda y directa. Si alguien te gusta haces algo por conseguirlo; si no ves muchas posibilidades harás locuras, como si de una guerra a punto de perderse se tratara y te dará igual rozar el patetismo o parecer una persona desesperada. Si no se puede, no se puede y el tiempo ayudará a que se olvide.
Si sueñas que un amigo te invita a cenar a un restaurante de comida rápida, probablemente lo que debería preocuparte es que sueñes tanto con esos restaurantes, y no el hecho de que ese amigo, al ver que compras comida para llevarle a tu pareja como cualquier chica enamorada, se enoje contigo y te diga que lo estás haciendo sufrir, que él te quiere y que le duele ver cómo lo maltratas psicológicamente al tener más en cuenta a tu novio, que no está en ese momento, que a él, que te está regalando un rato relativamente agradable. Te dará igual que en el sueño, ya con la comida para tu novio comprada, tu amigo te sujete de un brazo y te obligue a seguirle a su coche para mostrarte todos los regalos que te ha comprado porque no es capaz de dejar de pensar en ti. Te dará igual comprobar que los regalos no son más que basura, como si los hubiese encontrado rebuscando en contenedores y no en esas tiendas donde las parejas se compran lo que sea que las parejas se compren para  regalarse. Realmente lo más importante será que cuando se lo cuentes, ese amigo no podrá hacer nada más que reírse y, a lo mejor, pensar que piensas bastante en él y sienta que de verdad la amistad vale la pena;  o quizá sólo vea una pequeña posibilidad de tener sexo de amigos.
Ni una cosa ni la otra son tan importantes, se dice a sí misma, mientras medita sobre sus sueños, esperando a quedarse dormida en plena tarde y esa parece ser la única conclusión que ha podido sacar de todos los intentos de analizar sus sueños.
Con todo esto, soñar que tu actual pareja te acompaña en un paseo por un bosque de árboles frondosos; con flores de mil colores por el suelo y sobre los árboles; con los más variados animales observando cómo la pareja camina por un camino que parece hecho para ellos y para nadie más, tampoco tendría importancia. Sería solo un sueño, producto del subconsciente, que confundiría recuerdos con anhelos y fantasía; pero probablemente a ese si se le daría importancia y se diría (ella a sí misma, para variar) que es afortunada por estar tan enamorada y ser correspondida; se sentiría feliz y al día siguiente iría corriendo a los brazos de su novio y se lo contaría, para dejar claro que el amor que siente por él es tan fuerte que invade sus sueños. Pero no será más que eso… un sueño, una anécdota para contarle y reír juntos, quizás mientras, agarrados de la mano, esperan en la cola de un restaurante de comida rápida, o en su coche, mientras él le entrega un regalito que le ha comprado.
En realidad, ella sabe que ningún sueño tiene tanta importancia, aunque no le guste decírselo ni reconocérselo a sí misma, pues la fantasía y el amor se complementan de buena manera.
La interpretación de los sueños se hace siempre buscando encontrar el sentido que más le convenga a uno mismo, como casi todo en esta vida, por interés propio… algo lógico, pues por algo son tus sueños.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Nada que decir


Nada que decir. 

Puedo soñar estrellas; dejarme ahogar 
dentro del mar oscuro al que llamamos noche, 
-penumbra o dios-,
y deseamos como desea un loco tanto el suicidio 
como un vivir eterno
-¿Es lo que somos, paradojas errantes?-

Comprobar que no podemos decir nada, 
pues al hablarle del silencio al silencio
sólo estamos fingiendo recordar 
algo que nunca logramos aprender 
y que tal vez sea sólo dejar a esa luna 
-piedra de luz y guía del mar sin olas- 
pronunciar su discurso, como un reflejo 
de las dudas confusas que hoy redundan, 
como ayer y por siempre, 
adentro nuestro, donde nunca brilló..

Poder callar al alba, mientras muere: sentir, crecer.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Más "Pájaro relojero"... hoy: Otto-Raúl González


Otto-Raúl González (1921-2007) Este compatriota es el siguiente en la lista de poetas compilados en “Pájaro relojero” (Ese libro de poesía que tanto me está costando acabar de leer porque siempre aparecen otras lecturas que se vuelven prioritarias sin apenas darme cuenta... y del que prometí publicar una entrada dedicada a cada uno de los poetas que aparecen en el mismo).
De la mano de Cardoza y Aragón trabajó en la “revista de Guatemala”. Revista en la que participarían los grandes intelectuales de la época. En ella gozaban de libertad para tratar temas como política, desigualdad social, etc… durante la década de los gobiernos de Arévalo Bermejo y Jacobo Árbenz, hasta que este último fuera derrocado con una acción militar promovida por la CIA (hace pocos años desclasificaron los documentos que lo confirman), lo cual obligó a muchos a emigrar y generó una etapa de dictaduras militares sucesivas en el país que acabaron con la vida de miles de ciudadanos; escritores y poetas incluidos.
González escribiría desde México la mayor parte de su obra y es considerado uno de los grandes literatos de su país, junto a Aragón y Asturias. (Por cierto, hace bastante tiempo publiqué un poema inspirado en la figura de Miguel Ángel Asturias...  quien sienta curiosidad por leerlo, que pinche aquí)
En su poesía (la de Otto-Raúl) se deja ver la influencia y el impacto que el exilio provocó en él, sobre todo en y por las referencias a la lucha del pueblo contra sus opresores, y los guiños que hace en algunos poemas a las tradiciones de la cultura maya de Guatemala. Una clara muestra de esto son los poemas que he seleccionado, que son, para mi gusto, de lo mejor que he leído hasta ahora en esta recopilación.
 Como siempre digo, lo mejor para saber de qué va el asunto, es leer a cada poeta… seguro que éste no defrauda a nadie.
  
De Elegía mayor

Resistencia del pueblo
Dadle,
Dadle mil golpes,
Dadle mil golpes al diamante;
Siempre,
Siempre seguirá siendo,
Siempre seguirá siendo diamante.

Dadle,
Dadle mil golpes,
Dadle mil golpes al pueblo;
Siempre,
Siempre seguirá siendo,
Siempre seguirá siendo el pueblo.
Porque el pueblo en duro como el diamante.

Encerradlo,
Encerradlo bajo mil candados,
Encerradlo bajo mil candados al aire;
Siempre;
Siempre permanecerá,
Siempre permanecerá siendo el aire.

Encerradlo,
Encerradlo bajo mil candados,
Encerradlo bajo mil candados al pueblo;
Siempre,
Siempre permanecerá
Siempre permanecerá siendo el pueblo.
Porque el pueblo es libre como el aire.

Matad,
Fusilad,
Ametrallad la luz;
Siempre,
Siempre continuará,
Siempre continuará habiendo luz.

Matad,
Fusilad,
Ametrallad al pueblo;
Siempre,
Siempre continuará,
Siempre continuará habiendo pueblo.
Porque el pueblo es inabarcable como la luz.

De El bosque

Los genios
Hay genios tutelares en los bosques
Que incesantes trabajan día y noche,
Entre otras éstas son sus profesiones:
El que abre las corolas de las flores,
El que enciende las estrellas y edifica la noche,
El que da brillo a las hojas del laurel doble,
El que mueve un manubrio de oro en los girasoles,
El que viaja en el viento distribuyendo el polen,
El que busca alimento a los cenzontles,
El que da de beber a los venados jóvenes,
El que pule con un rayo de sol las espaldas del bisonte,
El que borda con seda del ovillo de la luna ocre
Sobre lienzos cortados de la noche
El soberbio ropaje de pumas y coyotes,
El que pulsa la corriente de ríos monocordes,
Y precisa remansos de ensueño y aluviones,
El que transforma en música las voces
Que vagan desunidas por el bosque,
El que dirige al viento como a un caballo noble
Y que galopa a través de las copas de los robles
O desmonta al pasar sobre hierbas y flores
El que vierte la lluvia sobre la sed del bosque,
El que guía en la noche a los pastores
Y enciende la lumbre en los tizones
Y el que llama a la danza con ocultos tambores
Pues que muchos de estos dioses
Les son favorables a los hombres.
Así dicen los códices.

De oratorio del maíz

Invención de los nombres más preciosos
Deliberadamente no quiero
No queremos aprender ni repetir los nombres
De la sierra ni la fecha ni el lugar de los encuentros
Porque sé porque sabemos
Que en todas partes son los mismos
Por eso es que invento que inventamos
Nombres más precisos nombres más preciosos
Pues el sitio donde cae un guerrillero
Bien puede llamarse Paso del Arcángel Rebelde
Cerro del Águila que nunca Desciende­­
Montaña del Valor a Toda Prueba
 Pico de la Estrella que se Oculta Jamás

De El hombre de las lámparas celestes

Estancias Eróticas
IV
Hay una lámpara
Que me mantiene despierto:
La que sostienen
Las columnas corintias
De tus piernas.





jueves, 15 de septiembre de 2011

Pasamos de la guerra a la poesía


Pasamos de la guerra a la poesía
Como quien se desliza de un centro comercial a otro
Buscando saciar la necedad de saberse perdido

Quien recibe las balas tal vez comprenda los versos
Y poco le importará la ropa y la comida diseñada para arrebatarle suspiros
Quizá prefiera regocijarse con un versículo directo
Tal vez prefiera reinventar su tradición con sentencias
A las que nosotros no sabríamos ponerle nombre

Recordemos que no somos los únicos
Pensemos que a todos se nos impone el deterioro
Para todos es un derecho por obligación la sumisión
Quizá pasar del hambre a la guerra
Por la música a través de la poesía
Nos sirva como una guía acertada
Para avanzar en las sendas de la rebeldía.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Tus manos, mi pelo.


Después de mucho tiempo he vuelto a verte. Me había prometido aunque sin mucho convencimiento, no volver, alejarme y olvidarme de lo  pasado. Cada última vez contigo se vuelve la única, tienes ese poder. Lo vuelves todo presente. Todo lo vivido y sentido con anterioridad, se transformaba en el instante justo en el que abres tu mundo a perdidos como yo.
Había prometido no volver a buscarte y, sin embargo, casi al primer impulso de la necesidad de sentirte, salí a tu encuentro. Disimulé, como mejor pude, yendo a la biblioteca, ojeando algunos ejemplares y hojeando otros. Incluso conversando con esa bibliotecaria que parece una rebelde de última generación que critica las injusticias, pero sólo piensa en su sueldo y su puesto de trabajo. Para variar, apenas cruzamos palabras de cortesía.
Unamuno y Foster Wallace, fueron los dos extremos literarios que acabaron en mis manos y en mi mochila. Extremos que, quizá, a pesar de todo, no llegues ni a imaginar que son el ambiente por donde me muevo: Las letras, las hojas, los libros. Lo único que me hace poder salir de este mundo interior, tan férreo, tan perro, pero, aun así no tanto como el de ahí fuera.
¿Llegarías a entenderme? Realmente no importa, no importó antes y tampoco importaba mientras me hacías pasar y me pedías que me acomodara. Por tu sonrisa adiviné que te alegrabas de verme, aunque no podía dejar de pensar e imaginar que era sólo parte de la misma cortesía a la que nos acostumbra el trato impersonal y distante con algunos conocidos. Pero ahí estaba yo, con la cabeza apoyada en el respaldo del cómodo sillón, tratando de no pensar más y, a pesar de ello, pensando en lo que había pasado y lo que podría pasar. Te hiciste esperar. Sabías que la impaciencia me corroe; sabes que estuve a punto de levantarme y salir sin que apenas te dieras cuenta. Pero no lo hice. Yo también sabía, y sé, que querías esa espera, la necesitabas. Quizá yo también.
Volviste. Sonriente. Despreocupada. Hablamos sin apenas decir nada. La estúpida cortesía y mi inseparable timidez. Hoy las odio más que nunca. No quisiste perder más tiempo. Sabías a lo que había ido. Ninguno lo habríamos reconocido, pero por más excusas y retórica que inventáramos, sabíamos el verdadero motivo.
¿Cómo describir un encuentro así? Cada caricia, cada suspiro, cada inhalación y expiración que roza la piel del otro. Cada uno de tus dedos perdiéndose entre mi pelo, cada comentario dedicado a buscar el camino adecuado para complacer, cada exploración tan profunda de tu mirada, sin siquiera vernos a los ojos. Cada centímetro de nuestra piel compartida, cada limpieza del ardor de ayer, de la nostalgia por lo que cuesta tanto tener: el valor, la pasión, el amor. Cada parte de mí que caía al suelo, como los desperdicios de una vida que se quiere olvidar. Éramos, ambos, la búsqueda de todo eso, aunque sólo llegáramos a encontrar un sucedáneo, una copia inexacta pero complaciente. Cuando los sentimientos no se sacian, el placer mitiga la desazón.
Todo daba vueltas. Me levantabas, me hacías moverme hacia un estado superior al anterior, a una comodidad espiritual que pocas veces se pueden saborear. Me rodeabas, tu mirada se iba haciendo presente en la mía, lentamente. Apenas sabíamos a dónde nos dirigíamos, no podíamos pensar en ello, sólo nos dejábamos llevar, seguros de que al llegar lo sabríamos y acabaríamos complacidos, exhaustos, saciados. Porque, a pesar de las dudas y la falta de palabras sinceras, sabíamos que era eso lo único que buscábamos. Complacer nuestros deseos, quizá más los míos. En situaciones como ésa es difícil no ser egoísta, pero no te importa, nunca te importó. Tu libertad se basa en eso.
Más tarde pensaría, y quizá tú también, en todas las otras cabelleras y pieles que habrás tocado, y tocarías, con la misma suavidad y elegancia que a mí. A muchos, y muchas otras, habrías complacido de la misma manera, elevando sus súplicas a plegarias y convirtiendo la placidez en un manjar celestial, una delicatesen para los sentidos y el autoestima. Un lavado de imagen, un cambio de apariencia, literal.
Nos regalas la sensación y la certeza de convertirnos en otros, y eso no tiene precio.
En realidad lo tiene. Un precio que no puedes dejar de cobrar, para qué negarlo. Pero puedo asegurar que ha valido la pena. La transformación ha sido satisfactoria y memorable.
Dices “ya estás, he acabado”. Y yo me levanto para descubrirme en un espejo. Soy el mismo de antes, pero soy otro distinto. Me encuentro a gusto, hasta ese punto me has cambiado.
Pago y me despido.
Ya en la calle llego a la conclusión de que era una tontería pensar en cambiar de peluquería, en ésta siempre me han tratado bien y siempre hacen bien su trabajo. Siempre haces bien tu trabajo.

A todas las peluqueras, porque la mayoría desbordan , aunque sea por gajes  de su oficio, una simpatía atrapante. En especial a la que me atendió este jueves, aunque nunca sabrá que me ha inspirado el relato, para bien o para mal.

jueves, 8 de septiembre de 2011

De "Variacioes", de Álvaro Pombo


Me tomaré la libertad de poner un par de poemas del santanderino Álvaro Pombo. Me ha gustado sobre todo la originalidad de su poesía... un lenguaje bastante culto, con imágenes que rozan el surrealismo... totalmente interesante y, por supuesto, recomendable.





VIGÉSIMA VARIACIÓN

Sus venas como los ríos son iguales que tú
los dedos de los cristales los nombres escritos en el vaho de los
cristales tu nombre escrito en el polvo de los cristales

Durante todo el verano la sala se detenía en la calma de  las hojas
aquel verano aprendimos las nuevas inclinaciones del cuerpo
y al atardecer llorábamos

Nunca creí que hubiera otras ciudades gentes como nosotros ajenas
     a nosotros
aquel verano todo pareció mucho menor y más íntimo
miles de sentimientos que se ahogaban en un vaso de agua

Los árboles coincidían contigo cada tarde la tarde
coincidía contigo cada tarde y el autobús
llegaba tarde cada tarde y tú llegabas tarde cada tarde

Oh amor qué tontería era el amor y sigue siendo!


VARIACIÓN TRIGESIMOSEGUNDA

Nos enredó la opacidad de tu corazón las montañas disimuladas tras lirios
y las letras implícitas iluminando ilícitas melancolías absurdos documentados
copiosísimamente

Nos enredó la dulce mortandad de los infieles rostros que son ahora y no son
lo mismo que eran entonces y no eran y las selvas pensadas
por donde como grísesos ratoncitos de campo iba la suerte abriéndose camino

Ten piedad de mí porque en la muerte hay salvas que a victorias parecen
referirse a la vez que a derrotas ten piedad de mí porque los niños tienen miedo
y frágiles azules de la ternura quiebran en sus ojos

Acuérdate por mí de la sencillez lluviosa de un otoño cualquiera
Acuérdate de la sencillez del invierno sin pájaros y los árboles labios
que pronuncian a secas la primavera próxima

Acuérdate de los hilos de la luz y los postes de la luz que unen pueblo con pueblo
en las comarcas secas de tu tierra y la mía acuérdate de la grandeza inerme
de los sembrados que dependen del cielo y de los dioses

Acuérdate del tren que silba silbos y cuya lejanía imita la lejanía del mundo
Acuérdate de mí como recuerdas barcas fondeadas tamarindos ligeras sobre el agua
dársena de lo implícito

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Joaquín Passos, en la antología de poetas centroamericanos "Pájaro Relojero"


Joaquín Passos fue el miembro más joven del Movimiento de Vanguardia, iniciado por Urtecho.
Es considerado por muchos el poeta más grande de Nicaragua después de Rubén Darío, algo que resulta bastante significativo teniendo en cuenta que tuvo una muerte prematura y que su obra no parece ser demasiado extensa. No seré yo quien le quité el honor que otros tantos le han dado, por supuesto.
Como muchos, o todos sus compatriotas contemporáneos, luchó contra la ocupación norteamericana que acabó imponiendo la dictadura de la familia Somoza, que duró casi cuarenta años.
Me resulta curioso que en la antología “Pájaro relojero”  apenas se hagan referencias a la biografía de este señor, sobre todo porque lo poco que dicen es prácticamente que es y/o fue el más grande de los poetas de su generación… en fin, cosas de prólogos y ediciones que nunca entenderé.
Murió a los treinta y siete años. (Granada, Nicaragua 1914-Managua 1947)
De su poesía se puede decir poco, pues habla por sí misma (aunque ¿qué poética no lo hace?), se nota que si hubiera vivido algunos años más, habría dejado obras igual, o más memorables aún que su poema “Canto de guerra de las cosas”, que me parece tremendo y exquisito.
Está claro que el alcoholismo no siempre perdona… De todas formas, como el bueno de Bukowski, quizá sin sus adicciones, no habría podido escribir lo que escribió. (Vivan las redundancias).
Dejo aquí una pequeña muestra de su obra, seguro que me dan la razón de que sobran las palabras.


De Poemas de un joven

Canto de guerra de las cosas (fragmento) 

[…]

Con la opaca voz de un destrozado amor sin remedio,
Con el hueco de un corazón fugitivo,
Con la sombra del cuerpo,
Con la sombra del alma, apenas sombra de vidrio,
Con el espacio vacío de una mano sin dueño,
Con los labios heridos
Con los párpados sin sueño,
Con el pedazo de pecho donde está sembrado el musgo del resentimiento
Y el narciso,
Con el hombro izquierdo,
Con el hombro que carga las flores y el vino,
Con las uñas que aún están adentro
Y no han salido,
Con el porvenir sin premio, con el pasado sin castigo,
Con el aliento,
Con el silbido,
Con el último bocado de tiempo, con el último sorbo de líquido,
Con el último verso del último libro.
Y con lo que será ajeno. Y con lo que fue mío.

[…]

Detrás de ti quedan ahora cosas despreocupadas, dulces.
Pájaros muertos, árboles sin riego.
Una hiedra marchita. Un olor de recuerdo.
No hay nada exacto, no hay nada malo ni bueno,
Y parece que la vida se ha marchado hacia el país del trueno.
Tú, que viste en un jarrón de flores el golpe de esta fuerza,
Tú, la invitada al viento en fiesta,
Tú, la dueña de una cotorra y un coche de ágiles ruedas,
Tú, que miraste a un caballo del tiovivo saltar sobre la verja
Y quedar sobre la grama como esperando que lo montasen los niños de la escuela,
Asiste ahora, con ojos pálidos, a esta naturaleza muerta.

[…]


Los indios ciegos

Abramos un camino en el aire,
Para mirarnos,
Busquemos un rincón en el aire
Para acostarnos.

Sin luz en el cuerpo
Sólo con fuego.
Este color de sombra tiene tu cara.
Este color de sombra es la sombra de tu alma.
Abramos un camino en el aire
Con tu brazo.
Si no te ven mis ojos, que te vea
Mi carne.

¡Ah! No tenemos luz en el cuerpo.
Tenemos fuego.

lunes, 5 de septiembre de 2011

¿Sin remedio? (Un relato con algunos toques melodramáticos que no he podido evitar)


Imaginemos a dos personas sentadas en distintas mesas de un bar, o un restaurante. Imaginemos que una de ellas es chica y la otra un chico. Por su aspecto, podríamos decir que son de la misma generación; su edad no varía, al menos por la impresión que dan, en más de 5 años. Ella, con el pelo teñido de un color intermedio entre el rojo pasión y el naranja fuego, de estatura baja, no más de metro sesenta y tampoco más de cincuenta kilos. Una muchacha atractiva sin dudas. Él, un tipo también de baja estatura, moreno, sin afeitar y con la barba sin arreglar, despeinado, como si no buscara llamar la atención, a pesar de que se le podría considerar atractivo, pero llamándola por su estilo descuidado.
Por casualidad, o porque quizá uno de ellos, tal vez el último en sentarse, tomó la iniciativa, sus asientos están frente a frente y no pueden evitar cruzar miradas, mientras se esfuerzan por disimular las sonrisas. Ella las disimula menos; se nota que quiere llamar la atención del chico; él aparenta nerviosismo y no aguanta a mirarla a los ojos más de cinco segundos, pero tampoco está sin mirarla más de diez. A ella parece divertirle el nerviosismo del muchacho y continúa manteniendo el control de la situación. Él sigue bebiendo de su cerveza y mira alrededor, intentando, quizá, restarle importancia al hecho de que no se atreve a mirar a la chica y mucho menos acercarse a ella.
Imaginemos que ella sigue divirtiéndose, sin dejar de mirarle, hasta le sonríe; mientras él, con su mal disimulada timidez, no es capaz de dejar de pensar en las frases mágicas que debería decir si tuviera el valor de acercarse. Imaginémosle armándose de confianza, llenándose de automotivación, con la idea clara de que no debería dejar escapar una oportunidad así, dándose ánimos a sí mismo. Ninguno de ellos sabe prácticamente nada del otro, sólo que están frente a frente y se atraen. A simple vista puede parecer que los dos tienen algo que ganar… conocer a una persona que quizá les aporte tanto o más de lo que ellos puedan aportar. Pero imaginemos también que las cosas no son tan fáciles.
Sin apenas saber cómo, el chico ha tomado una decisión: Dará el último sorbo a su cerveza y se acercará a la mesa de la chica, sin tener muy claro lo que dirá, pero con la esperanza de que un “hola” rompa el hielo, y que, con ayuda de ella, puedan sacar adelante una primera conversación fructífera.
Imaginemos que antes de dar ese último trago, a la mesa donde está la chica, se acerca otro hombre. Éste es más alto que nuestro amigo, con un aspecto más cuidado, afeitado, bien peinado, con la ropa planchada y, sobre todo, con una confianza en sí mismo que le sale por los poros, tanto que hasta nuestro bajito y despeinado amigo es capaz de percibirla. La chica se pone en pie y le da un beso apasionado en la boca al recién llegado, éste se lo devuelve añadiendo además una palmada en su bien moldeado trasero. Nuestro amigo no es capaz de evitar sonrojarse. Ella, al apartarse de su pareja, se sienta y lo primero que hace es mirar a los ojos del otro, el tímido. Le ve sonrojado y vuelve a sonreír.
Imaginemos que esta chica lleva saliendo con el que acaba de llegar, por lo menos durante un par de años y que su relación aunque no podría definirse como perfecta, se sostiene sin demasiados problemas. Imaginemos que sólo se aburría esperando en el bar y por eso miraba al otro chico, para tener algo en lo que pensar hasta que llegara su pareja.
También podemos imaginar que se sentía bastante atraída por nuestro amigo y que no podía evitar mirarle. Incluso podemos imaginar que sólo intentaba seducirle y coquetear con él, para provocar más reacciones típicas de la timidez, como el sonrojarse y no aguantar la mirada, por pura diversión de mujer; o que simplemente no estaba mirando con ninguna intención más que con la que uno mira a otra persona, por el simple hecho de que esté sentada en la mesa de enfrente.
Por otro lado, imaginemos que el chico acaba de salir de una mala etapa de su vida. Imaginemos que tiene el autoestima por los suelos. Pensemos en lo duro que es para una persona infravalorarse a sí misma y no tener confianza en que pueda conseguir nada por su cuenta. Imaginemos que es un chico al que le hace falta darse cuenta del valor de su personalidad. Imaginemos también que se estaba haciendo ilusiones con la chica de la mesa de enfrente, y que se había despertado en él una pequeña esperanza de que podía todavía, si se lo proponía, conseguir superar esos miedos, por pequeños e infundados que fueran, para salir adelante, paso a paso de ese agujero de menosprecio personal en el que se hallaba. Pensemos en la decepción que se llevó al ver que la chica que lo miraba y despertaba después de mucho tiempo su interés por otras personas y por él mismo, no hacía más que interpretar un papel, o jugar a un juego, o simplemente nada, sólo estaba sentada en la mesa de enfrente en un bar de su ciudad. Lo cual no suponía que tuviera que estar fijándose en él.
Imaginemos al chico llamándose a sí mismo estúpido, imbécil e idiota, por haber creído que podía pasar algo así en estos tiempos y aún a alguien como él, inocente, iluso e inmaduro, que se encontraba en las antípodas de lo que era un conquistador. Imaginemos su amplia decepción y las ganas de salir huyendo mientras, y porque no puede evitar ver cómo la pareja sigue dándose muestras de amor, o lujuria, o lascivia, y cómo ella de vez en cuando le lanza una mirada que él no sabe interpretar y que prefiere no hacerlo, pues cree que siempre hace lecturas equivocadas  de las miradas de las chicas. Siempre lo ha hecho, por iluso, por inocente, por inmaduro, por idiota, por imbécil…
Imaginemos que decide irse, cabizbajo y que la pareja lo hará minutos después. Imaginemos a esa misma pareja teniendo un encuentro sexual salvaje en el salón de la casa que comparten, mientras nuestro amigo se plantea seriamente la opción de tomar una cantidad suficiente de antidepresivos para, aunque no morir, por lo menos pasar un tiempo en un estado de inconsciencia que le permita no pensar en lo desastrosa que su vida se ha vuelto y, sobre todo, para no pensar que por mucho que lo intente, ya no podrá remediar nada.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Insomnio


No poder dormir por falta de conciliación con la imagen mental de un deseo pérfido
Caminar desnudo por el pequeño mundo construido para no soportar el peso de uno mismo
Echarte la culpa a ti por no haber sido capaz de quedarme retenido en tu memoria
Pedirle y exigirle respuestas al ondulante silencio de las tardes a medio nublar de agosto
No saber plantear una duda ni querer dejar ver hasta dónde llega el vacío y lo que oprime
Intentar disimular el olor a podrido que se acumula en cada habitáculo del desespero
Intentar disimularlo con gritos sobre melodías huecas como la falsa entrega de los ideales
Y todo por no poder -querer saber tener- el ánimo elevado, la confianza necesaria, la valentía exacta para vencer los estúpidos miedos, con los medios al alcance de la boca.