sábado, 10 de diciembre de 2011

Alucinando


El frío: acordes que susurran en otras lenguas.
Asciendo al umbral de la duda
La metamorfosis empieza, la corriente arrulla:
La locura solo nos acerca a la genialidad.

Soy otro cuando me encuentro
Contemplando de nuevo por primera vez
Texturas de colores huidizos
Nada es triste cuando la sangre tiñe
Con su manto espeso los arroyos
Convertidos en unas lágrimas que nadie derramó
Y que solo hoy, después de mil años -o muertes-
Puedo reconocer como tales

Y todo porque me vuelvo un extraño cuando sé quién soy
Y repelo los lazos que puedan acercarse
Para asfixiarme con afecto, preguntando por qué
Ahuyento las miradas que osan posarse sobre mi
Malograda imitación de una existencia
Digna de llamarse tiempo -o carne-.

Y tú, flor de pétalos dorados
Que dejaste que tu viento turbio se acercara
A esta herida a la que llamo yo –o nadie-
Solo para descubrir que soy un desconocido
Cuando empiezo a conocerme
Una herida que nunca llegará a sanarse
Para que el ardor recuerde cuánto -y qué- hace falta
Para dejar de ser sombra y silencio
Y soportar o distraer o disimular
La única desgracia que parece digna de llamarse dolor…

Verte marchar y desaparecer
Una vez más, entre mil veces más.