domingo, 15 de abril de 2012

Sobre Makbara, de Juan Goytisolo




Algunos apuntes que he ido anotando mientras leía esta interesante novela. Supongo que no hago ningún descubrimiento ni nada parecido, pero... recomiendo altamente al libro y a su autor. 

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Un leproso: un vagabundo: camina, le rodean gentes normales: le critican, le juzgan. Los niños le temen, se burlan: le condenan: preguntan ¿Qué le pasa en la cara?
Un sistema político con una regla bastante clara: producir para consumir o morir. Esa es la única función válida para los súbditos: si se niegan habrá que inmolarlos si es necesario. Quien no produce, no consume: no debería vivir. Si a los que se niegan seguir este precepto se les hace entender que no podrán cambiarlo, aceptaran la conveniencia de una muerte voluntaria. A los demás, mientras puedan producir, se les hará creer que serán eternamente jóvenes: si no quieren que se suiciden y ya de paso limpiaran las calles de crímenes; y nadie podrá culpar a quien gobierne por unas muertes auto-infringidas.
Vuelve el profeta pródigo, el convocador de masas: al que todos escuchan. Vuelve a donde pertenece, de donde es, si se puede ser de algún lugar. Vuelve con su amor a donde le aman, con su verdad a donde le creen. Vuelve a los brazos del amado, del amante. Vuelve a observar en las calles y plazas de la ciudad al rebaño, mientras se distraen al sol y compran y gastan y ven. La seguridad en manos de los inseguros. Los turistas abstraídos en, y por su condición de pasantes, de efímeros estorbos en el antiquísimo paisaje urbano; y él, yo, tú solo un espectador; aunque no uno cualquiera: el espectador al que todos querrán hacer protagonista, para después poder sacrificarlo.
El amor… ¿un medio o un fin?: medio al cual  aferrarse con la fuerza necesaria para no sucumbir ante la desolación imperante; fin, para aprehenderlo y olvidar, ignorar, marginar todo lo que fuera de él nos pueda causar daño. De ahí al matrimonio: sueño cultural impuesto como reafirmación de un amor bien visto a los ojos de los otros: reafirmación sincera de los sentimientos entregados y recibidos. ¿Se puede creer en algo de esto cuando la gente, idéntica entre sí en apariencia y comportamiento, compra, consume la felicidad ofrecida en diversos estants, como si una televisión, una lavadora o una noche en un hotel de lujo fuera el colofón a una entrega teóricamente eterna? Pero cuidado, hay diferencias sustanciales entre él, yo, tú: ellos. ¿Quién pertenece a dónde?
La desesperación y angustia por verse, sentirse, estar solo. Buscar sin complejos ni vergüenza esa compañía que traerá la promesa de felicidad hasta el día de la muerte. Pero, ¿y si desprecia lo que ofreces: no tu alma ni tu espíritu, ni siquiera tu profesión o pertenencias: te desprecia a ti, solo con verte? ¿Dejarás entonces de llamar amor al amor y reconocerás la relevancia del sexo: el ansia por saciar esos instintos incontrolables: llevar al último extremo la entrega, la búsqueda de un miembro más joven de la sociedad y entregarle tu cuerpo, tu carne, tu sangre, tu todo, para rogarle lo más parecido al amor que te pueda dar?
La ciudad post-moderna: todo tipo de lujos y comodidades: calor para el frío, frescor para el calor, nieve y piscinas todo el año: perfectamente comunicada entre sí y para el exterior; el tráfico y acceso a la ciudad como metáfora de la gestación humana: automóviles espermatozoides, el óvulo espera, el centro de la ciudad espera. Llegamos nosotros.
Si eres turista podrás acceder a todo, informándote y contemplando. Si eres un nativo tendrás que esclavizarte, o no podrás acceder al paraíso terrenal erigido sobre la tierra que tus antepasados probablemente alguna vez llamaron nuestra. Como siempre y en todos lados tienes que pagar: eres lo que tienes: lo quieres todo y no quieres nada.
Esconderte en las alcantarillas, camuflarte entre las ratas subterráneas. Huir de sus miradas y entregarte sin miedos ni restricciones al único deseo de placer al que la edad no ha podido doblegar: someterte al recuerdo de la felicidad: demostrarle, demostrarte, lo capaz que fuiste de perfeccionar tus técnicas para procurar saciarle, o intentarlo al menos: porque saciarle será saciarte: a escondidas, a hurtadillas, lejos de ellos, de los que se acercan imprudentemente y te etiquetan al instante como esa criatura infrahumana a la que persiguen para saciar el ansia de entretenimiento de las masas. Corre. Corred desnudos y excitados.
Montones de eruditos reunidos para debatir lo que eres: tú callas y pretendes no escuchar. Competirán para demostrarse entre ellos y a sí mismos que son capaces de descifrar el arcano que supones: no eres el leproso que los niños veían: solo venias de lejos y parecías diferente: tu cara mutilada y tu miembro desproporcionado lo confirmaban. Correr nunca es suficiente, ¿verdad? Huir parece imposible, menos mal que siempre habrá alguien que te acepta: sólo ocúpate de no preguntar sus motivos.
Has sido un rebelde y tendrán que cambiarte: acepta sus preceptos: tu futuro es el futuro de su pueblo: tu cambio confirmará la razón de  su poder y el poder de su razón: tu cura será su cura.
Ella no puede hacer mucho por ti: solo sufrir en silencio los martillazos de hipocresía con los que la atacan los miembros de esa sociedad recta a la que pertenece, a su pesar, y que ahora la juzga por haberte dado y haber pedido felicidad: placer no mercantilizado; por haber preferido saciar los instintos antes que vivir acomodados en esa ciudad de iguales: no por justicia sino por falta de personalidad. A veces el amor, o eso que tanto se le parece, triunfa.

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Si siguiéramos un criterio más formal a la hora de comentar esta novela, tendríamos que recalcar la audacia con que Goytisolo narra una historia tan corriente (por el deseo inquebrantable de amarse de las personas) y compleja a la vez(por la fragmentación temporal y espacial del relato). Lo que consigue es una narración tan cercana a la oralidad del discurso que nos envuelve, y nos atrapa, con una maraña de descripciones y metáforas capaz de hacer que cada frase se convierta y nos evoque en una reflexión profunda sobre la situación tanto histórica como actual del mundo neoliberal, capitalista e imperialista. 
No hace falta más que imaginarnos a nosotros mismos sentados en una plaza céntrica de algún país humilde alrededor de un cuentacuentos improvisado, (una especie de aedo del presente que solo busca entretenernos a la vez que espera poder sacar un poco de dinero quizás para comer, o tal vez para saciar alguno de sus vicios; porque, al fin y al cabo, todos los tenemos), para dejarnos llevar por el encanto de esta especie de versión moderna del estilo puro de "Las mil y una noches" como comentan en la sinopsis. 
Gran novela, sin duda.