¿Quién no ha soñado lejanías?
¿Y quién no ha deslizado su mirada sobre las distancias?
Tu carta, entregada como se entrega un instante
En otras lenguas y desde otras leyendas
Para descubrirte en ella y casi mirarte
Comprender al tocar, y leer que la existencia
No es más que un viaje. Risas y penas surcando
Ríos y caminos. El deseo convertido en millones de ciudades
A cuál llegar, nadie pregunta; partir puede ser un error,
Quizás uno grave. Pero recibir promesas
Risas y silencio, consigue devolver la efigie del anhelo
A ese estado anterior, como siempre quisimos recordarla.
La poesía no se derrama, como dicen
Ese es el papel de las lágrimas y la sangre
Por eso estos versos irradian fragancias jamás percibidas
Pobres ellos, pues soñaban
Con pertenecer a algo grande
Más, incluso, que esta distancia.
18 de noviembre de 2012
13 de noviembre de 2012
Maligno
Me pidió que lo acompañara una
noche. Su explicación: había quedado con el mero
mero. A mí me costaba creer lo que me decía, pero a pesar de que siempre
fui y seré un buen cristiano, un siervo de Dios, la virgen, Jesús y el Espíritu
Santo, todos los rumores que me habían llegado sobre los pactos, o algo
parecido, que él tenía con el diablo; o las visitas que hacía el demonio a
mucha gente (o decían que hacía) para asustarlos por a saber qué motivos, no
pude evitar sentir curiosidad y lo acompañé. Al fin y al cabo era mi
hermano y le podía pasar algo, quería
ahorrarme la sensación de culpabilidad. Además así podía tener la oportunidad
de desmentir las historias que él contaba y las que contaban sobre él y el diablo.
Agarramos
las escopetas, más una cantimplora llena de aguardiente cada uno y nos fuimos a
encontrarnos con la noche y con lo que
ella y Dios quisieran que nos encontráramos. El cielo lleno de estrellas, como
si fueran todos los santos y todos los muertos de la historia de estas tierras,
parpadeando y pidiendo en silencio que no jugáramos con fuego, que no
saliéramos a tentar al fuego.
Salimos y
no puedo negar que sentía miedo. Me encomendé a Dios y recé, en silencio porque
Chepe me habría interrumpido si lo hacía en voz alta. Caminamos entre árboles dando
tragos y hablando muy poco. La luna no tenía el tamaño suficiente como para
hacer de la vista algo útil, así que nos guiábamos del oído, tratando de
distinguir alguna señal de aviso, para saber con seguridad que algo había por
ahí, a nuestro alrededor, porque los dos presentíamos que así era. Cuando
llegamos a donde había unas piedras que parecían puestas allí precisamente para
que llegáramos a sentarnos, en un claro entre los árboles, Chepe me dijo que
nos podíamos acomodar para tomar y esperar.
Hablamos
muy poco durante el rato que estuvimos sentados. Nos dedicamos prácticamente a beber. Yo lo hice con calma, porque no
quería quedarme sin tragos nada más llegar; según había dicho Chepe, la espera
podía ser larga. Yo le pregunté qué era exactamente lo que teníamos que ver, o
con quién íbamos a hablar, para tener una pequeña idea al menos de lo que tenía
que esperar que apareciera allí; pero no me quiso responder. “Cuando llegue, llegará y lo sabrás”,
fue lo único que me dijo. A pesar de la falta de luz lunar, o quizás por ella, la
noche era preciosa. Se escuchaban algunos ruidos, pero ninguno resultaba
desconocido; ramas secas resquebrajándose, aleteo de alas y piar de aves
nocturnas, chillidos de murciélagos, el contoneo cadencioso de las hojas de los
arboles al compás del viento, aullidos lejanos de coyotes…
Muy pocas
veces rompimos el silencio; en ocasiones para ofrecernos un cigarro, en otras
para comentar algo sobre las constelaciones que veíamos desde allí y tratábamos
de nombrar. Ninguno de los dos llevábamos reloj, así que no podíamos hablar de
la hora. Tampoco el tiempo dio mucho qué hablar, ya que no hacía ni frío ni
calor, era la noche ideal. Todo estaba en calma, demasiado en calma… hasta que
empecé a quedarme dormido y tuve un sueño extraño, de esos que nos pasan cuando
aún no hemos conciliado el sueño y reaccionamos físicamente como si lo que
ocurre en nuestra mente realmente estuviera pasando. Veía cómo tenía que cruzar
un arroyo no muy ancho en medio de la selva, para cruzarlo había de saltar
sobre cuatro piedras colocadas, parecía, precisamente para cruzar el arroyo por
esa altura; lo extraño era que cada vez que ponía un pie sobre la primera
piedra, el arroyo empezaba a hacer un ruido muy fuerte, como si su caudal aumentara,
sin hacerlo su tamaño y yo tenía la impresión de que al intentar saltar hacia
la otra piedra, me caería y el agua me arrastraría sin poder evitarlo. Después
de varias dubitaciones, me atrevía a mantenerme en pie sobre la primera roca, a
pesar de que el arroyo parecía golpearla con una violencia extrema, ya allí, de
pie, me atrevía a dar un pequeño salto hacia la siguiente piedra, pero justo al
hacerlo, perdía el equilibrio y caía… me despertaba dando un salto, un poco
asustado, pero esbozando una sonrisa una vez descubierta la inocente pesadilla.
Lo que me
hizo estremecer al despertar fue ver que Chepe se había puesto de pie y estaba
mirando fijamente en una dirección. Me incorporé y me acerqué a él por la espalda,
para preguntarle qué estaba mirando; pero antes de poder hablar, levantó su
mano izquierda, con el dedo índice señalando hacia arriba, como advirtiéndome
de que no hiciera ruido. Obedecí y callé. Me quedé inmóvil esperando a que
pasara lo que tuviera que pasar.
A partir de
ese momento mis recuerdos son bastante confusos. Chepe estaba en una especie de
trance y yo tenía la sensación de haberme quedado paralizado. Un viento muy
frío nos golpeaba, pero ninguno de los dos podíamos reaccionar. En el lugar hacia
dónde él miraba, pude distinguir una extraña figura. Extraña por lo inusual de
su aparición. Era un venado muy grande, de un color oscuro, del que solo se
podían distinguir los ojos muy rojos y una cornamenta enorme que cortaban la
poca luz que había. Chepe empezó a caminar hacia él, mientras yo seguía
inmóvil. Se podía escuchar un leve susurro que salía de los labios de Chepe y
una especie de gruñido que provenía de donde estaba el animal. Yo seguía
paralizado y no podía distinguir si se estaban comunicando entre ellos o era
que a causa del miedo, yo empezaba a tener alucinaciones. En ese momento, a
pesar de que siempre me había dicho que una situación parecida de las que tanto
hablaban en la aldea, sobre el contacto con el diablo, o lo que sea que fuera
esa criatura, que me pondría a rezar y a
confiar mi alma a la fuerte fe que profesaba por mi Dios, no pude evitar sentir
un miedo atroz que me llevó incluso a perder la conciencia, ya que el próximo
recuerdo que tengo es de un tiempo después, cuando la hora del amanecer se
acercaba y yo estaba tirado en el suelo, despertando todavía con el pánico en
el cuerpo. Chepe no estaba allí, el venado tampoco. Me levanté y empecé a
gritar para ver si mi hermano respondía, pero no lo hizo. Estuve un rato
deambulando por la zona, tratando de encontrarlo, pero al darme cuenta de que
era inútil, decidí volver a la aldea y pedir ayuda a los que estuvieran
dispuestos a acompañarme a buscarlo una vez la luz del sol nos diera la
protección que la oscuridad de la noche nos quitaba.
Volviendo a
la aldea no podía dejar de pensar en si me equivocaba regresando, sentía que
huía, como si estuviera abandonando a mi hermano, por miedo, por desconfianza o
por desesperanza. Me detuve un par de veces y grité en todas direcciones su
nombre, más por apaciguar mis remordimientos por haberlo abandonado que por la
confianza que pudiera tener en obtener una respuesta. Seguí caminando mientras
el amanecer amenazaba con llegar, la madrugada se debatía entre la luz y las
sombras, yo me sentía sin fuerzas. Los pasos los daba como un autómata, el
mundo entero parecía hablar un idioma que yo nunca había aprendido, o que había
olvidado esa misma noche. Me esforzaba por no sentirme solo, dejándome envolver
por el sonido del viento entre los árboles, contra las rocas y sobre la hierba
y los animales nocturnos que buscaban el cobijo certero bajo la tierra, también
los animales diurnos que despertaban mientras se despertaba en ellos el
instinto de salir y devorar un día más, animales que como yo esperaban sobrevivirlo
y demostrar que la única fuerza imparable es la acción de la vida, la
existencia, el ser, más allá de la razón… y yo que apenas podía andar, sentía
como si mi cuerpo estuviese volviendo al desafortunadamente ya conocido estado
de parálisis completa, como cuando vi aquel venado.
De Dios, la Virgen, Cristo, el Espíritu Santo y los Santos, no volví a acordarme en mucho
tiempo.
7 de noviembre de 2012
Relatillo...
Olinad no trabaja. Vive en una casa ocupada y no es capaz de
conciliar el sueño. Sus compañeros de casa tampoco trabajan y nunca duermen más de dos
horas seguidas
El frío, intemporal, es el mismo para todos.Compartir es la única alternativa. Compartir torturas y disfrutes.
El egoísmo es sinónimo de muerte. La muerte los
persigue.Todo es lo mismo para todos.
Y el hambre…
Alguien podría llamarles desechos sociales; los desperdicios
de una sociedad mecanizada y mercantilizada
que produce para consumir y consume para crear la necesidad de producir.
Y con las sobras los que sobran sobreviven. Olinad entre
ellos.
8 de septiembre de 2012
Shivers: They came from within... Vinieron de Dentro (David Cronenberg)
Ya que últimamente mi afición al cine está creciendo de forma casi incontrolable (un eufemismo para decir que tengo bastante tiempo libre y que apenas escribo cosas que valgan la pena), me ha dado por empezar a dar una pequeña opinión sobre las películas que voy viendo... Le ha tocado al bueno de Cronenberg ser el primero, con una de esas películas a su más puro estilo... Que conste que ni siquiera es una recomendación para ver la película, es solo que.. ya que puse la crítica en Filmaffinity, mi blog no iba a ser menos. Ni el título ni la extensión (de mi texto) son algo digno de reseñar, pero...
Cronenberg y su forma de entender la "filosofía":
Hay formas y formas de contar las cosas. El cine siempre proviene de una idea primigenia a la que se la rienda suelta y cada director trata de hacerlo a su manera. Cronenberg lo consigue. Partiendo de la premisa "El hombre es un animal que piensa demasiado" y la intención de un médico, bastante experimentador, que tratará de liberar a las personas de sus torturadores razonamientos (sobre todo los relacionados con la ética y prejuicios de ella derivados), Cronenberg nos cuenta una historia que, si se ve con los ojos adecuados, nos llevará a preguntarnos hasta qué punto las sociedades modernas actuales se ven atrapadas en un laberinto de deseos sexuales que necesitan saciar a cualquier precio, en el que las infidelidades, las filias y demás "vicios" están a la orden del día. Utilizando como elemento de suspense (que no terror, nunca terror) la voluntad sexual sin límites, simbolizada con un parásito que se mueve como se mueve la perversión dentro de un cerebro humano, quizás débil, quizás demasiado fuerte, Cronenberg nos transporta a su mundo... en nuestras manos estará el querer escapar a tiempo, o no.
27 de agosto de 2012
Notas sobre una jornada nostálgica...
Hora Cero:
Se puede
jugar a ser inocente, a parecer ingenuo, a que nos crean inofensivos... aunque antes hay que aprenderse las
reglas, como en cualquier juego. Una obviedad, por supuesto, pero a veces el
juego se apodera de nosotros sin darnos cuenta y rompemos la primera regla a la
vez que nos condenamos a padecer algún tipo de sufrimiento (la intensidad de este dependerá de cada cual), todo por confundir juego con necesidad (o con
realidad como dirían otros).
Dirás que, entonces, todo lo que ha ocurrido desde
aquella primera mirada no ha sido más que un juego, una especie de reto a superar para demostrarse a uno mismo que se
puede interactuar a pesar de esconderse detrás de máscaras de cinismo, indiferencia o apatía.
Pero no lo era, porque desde esa primera mirada (quizás desde antes,
debido a mi incapacidad natural de soportar el juego de la no-soledad) rompí las reglas. Fuiste necesidad; fuiste un temor inquietante, fuiste el
nerviosismo del encuentro fortuito y el sucumbir otra vez ante una costumbre paralizadora; fuiste una señal, un mensaje enviado para acallar la cobardía; fuiste la mayor
lección aprendida durante aquel lapso lleno de enseñanzas y, supuestamente, de
madurez.
Yo fui el de siempre; el silencio
incómodo; la mirada esquiva; la ralentización de mi flujo para dejarte escapar;
la cobardía enfermiza del que no quiere encontrar una alegría; la tristeza
autoimpuesta; la negación del afecto, del contacto íntimo…
Silencio. Es mediodía:
Conocer las
reglas del juego no nos asegura nada. Pretender hallar verdades y trascendencia
en iluminaciones fugaces del intelecto es un error grave. Yo te vi, tú me
viste: un movimiento empezó a desarrollarse, pero no el único, ni el definitivo (si
no se le presta atención ni siquiera llegaría a ser definitorio: en el sentido de
definir una pequeña parte de nuestro yo, y que esta se mantenga hasta dar por terminado el juego o, por lo menos, uno de sus capítulos).
Los dos teníamos
puestos en marcha algunos combates ajenos a los del otro, en los que
luchábamos y jugábamos, para definirnos. Ajenos pero influyentes
siempre de alguna manera. Todo está conectado: la luz del sol hace posible la
vida, la rotación de la tierra nos da los días, nuestros juegos determinan el
contexto de sus reglas y de la aventura común.
Atardecer. El cielo incendiado:
Recuerdo
algunas de tus confesiones que, para un iluso, un aspirante a literato y
filósofo que nada tenía de lo uno y se conformaba con susurrarse en sueños lo
otro, como yo, significaban la caída de un mito. La idealización siempre ha
caracterizado a los que avanzan por la senda destinada a la frustración.
Tú la intocable, la inabarcable,
la única capaz de derribar el muro que la incertidumbre de mi mano había
construido para parecer inquebrantable; la que con el calor de una palabra abrió
el camino certero a las sonrisas y los abrazos, aunque estos fueran solo para despedirnos.
De noche las sombras purifican:
Tú
diciendo: deseo, admiro, amo, necesito, todo
aquello con lo que sueñas, todo eso que crees e imaginas, todo lo que leí y me
prometieron; anhelo formar parte del mito, saciar la sed de cambios, de
transformaciones, pasar del amor a la realidad, convencerme de que los errores
son el paso necesario para acertar en la elección del sendero más corto a eso
que llaman felicidad (alegría mantenida), o para hacer realidad un sueño. Pero
¿dónde estaba yo realmente en todo tu discurso? ¿En la retórica?
Lo conociste a él, como querías conocer el mundo: cantando, bailando, embriagados de risas y amistad. Las promesas llenaban, y el sexo también; pero llenaban dejando su vacío, para que quieras volver a buscar más y no parar hasta quedarte sin fuerzas (o recuperar las perdidas). Pudo haber sido la culminación de tu travesía: la perfecta unión con las promesas y el júbilo; por eso yo después no pude ser, aun siendo en apariencia, y sobre todo en el ansia, la solución.
Lo conociste a él, como querías conocer el mundo: cantando, bailando, embriagados de risas y amistad. Las promesas llenaban, y el sexo también; pero llenaban dejando su vacío, para que quieras volver a buscar más y no parar hasta quedarte sin fuerzas (o recuperar las perdidas). Pudo haber sido la culminación de tu travesía: la perfecta unión con las promesas y el júbilo; por eso yo después no pude ser, aun siendo en apariencia, y sobre todo en el ansia, la solución.
Apaga las luces. Se cierra el círculo:
Pero aquel no fue el único mito-muro derruido. Hubo otras entregas, otras culminaciones, otra
realización de mis aspiraciones de macho frustrado (tal vez frustrante) que llegaron también antes (siempre antes), a donde yo creía que se había de
llegar; a tocar lo que yo creía que se había de tocar: a ti en cuerpo y alma; a ti entregada a la pasión, al deseo, a la admiración, al cariño, al ardor y la
complacencia de haber encontrado un sustituto al dolor y las decepciones. Pero
¿dónde he estado yo en todos los discursos?
26 de mayo de 2012
Desde el suelo
Desde el suelo
Que apenas reconoce la luz
-Y que no perdona al frío que se fue
Dejándome
Sin dolor, sin quejas, sin ardor-
Te recojo a ti, palabra
A ti, recuerdo
Y te grabo, como se graba una perversión
En el inconsciente del perdido
O del enfermo
Y te alabo, por ser excusa y misterio
Hoy que la lucha va más allá
Del anhelo de una realidad intangible
Como la libertad
O como la lujuria, para los tímidos
Como la misoginia, para el abandonado
Como la misantropía
Para el carente de afectos
O, tal vez, como la humildad
Para el egocéntrico
El silencio es solo el paso del tiempo
La soledad no existe
El espacio que ocupamos los ebrios
Se tambalea, como lo hace nuestro ideario
Dame una meta tras ofrecerte amor
Y dame tus labios para huir
Al no cumplir la promesa
De estar allí… así… como y donde te dije
Cuando dije que eras tú el sueño
La razón, la vida, la ilusión
Y mentí
Pues solo y siempre
Miedo ha sido tu nombre.
7 de mayo de 2012
Hubo una vez
Hubo una vez, amigos, en que los recuerdos eran sueños.
Hoy se esfuman las efigies de los jaguares alados,
Y el quetzal que bañó a su pueblo con sangre, huyó.
Aquel guerrero, heredero de la ira y la credulidad
Se convirtió en piedra; su grito de furia en alimento
De conciencias -de las que solo algunas perderán la
inconciencia-.
El orgullo se ha reducido en cada amanecer
Hasta devenir en nostalgia, en risa de ayer, en anhelos.
Cantábamos un himno marcial, del que no comprendíamos
Toda la rabia que podía significar, -ni la guerra que pedía-.
Marchábamos también, enarbolando banderas sacrílegas
De una inocente ignorancia, que no nos quería abandonar
Porque todavía ganaban ellos, los otros, los que nos enseñaban
a no aprender.
Y nosotros, amigos, incapaces de danzar aferrados al viento
Imprudentes al pensar que no volveríamos a empezar
Nos vemos hoy aquí, otra vez, atados al misterio de un pasar
de horas inmensas, inquietas -sin descifrar-.
¡Vida!, amigos, gritemos: ¡vida! Si alguna vez deseamos todos
lo mismo.
Sin un día de aquellos pretendimos inmortalizar la armonía
del devenir,
cuando este aun era solo esperanza.
¡Vida! Amigos, y demos con ella muerte a los espectros que
invaden nuestros espíritus.
-No demos la batalla por perdida-.
Seamos un eco, un coro, un alarido que nos transporte de
nuevo a ese estadio en el que la selva era nuestra meta, nuestra tierra por
conquistar.
Gritemos.
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