sábado, 20 de noviembre de 2010

Era domingo y tenía 24 años (2)

Es domingo,  y me debato entre las pocas posibilidades que tengo para ocupar la tarde libre. 
Escribir es siempre una buena opción, a veces la mejor, sin duda, pero casi siempre la más dolorosa. ¿Dolorosa por qué? Quien se lo pregunte, quizá pocas veces haya escrito algo desde el corazón, dejándose el alma (también se aprende escribiendo regularmente,que hay tópicos de la narrativa que nunca dejarán de usarse). 
Tengo algunos poemas para revisar y estructurar; agregarles versos, suprimir palabras, darles una forma definitiva, al menos la que me parezca adecuada hoy. También tengo algunas ideas, de las que podrían salir versos y estrofas suculentas, divertidas o decentes o algunos párrafos con cierto nivel, quizá. 
No sé con cuál de ellas ocuparme, puede que todas me satisfagan y me hagan pasar una tarde entretenida, o puede que no y simplemente consigan amargarme. Lo cual nunca es demasiado difícil, porque tiendo a la amargura y a la tristeza, por naturaleza.
Es una tarde de domingo, aburrida, soleada y fría; pero podría ser una tarde de cualquiera de los días de la semana, pues mi monótona rutina apenas varía de día en día desde que perdí mi último empleo. 
Han pasado pocos días desde entonces, aunque he tenido que cambiar mi forma de vida, mi casa, mis costumbres, mis mañas; he tenido que volver a vivir con mi familia, tras una descuidada y poco fructífera en experiencias, emancipación.

El nivel de vida de cada uno sólo le permite recorrer una parte pequeña del mundo físico; el espiritual no tiene fronteras, ni diferencias, ni conflictos de intereses, sólo el precio que cada uno estemos dispuestos a pagar.

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